
La vida debería venir con manual de instrucciones.
Alguien tendría que explicarnos, apenas nacemos, que a partir de ese preciso instante, estaremos obligados a reinventarnos, una y otra vez, aún a pesar nuestro. Que respirar es apenas el comienzo y que el gran desafío será encontrarle un sentido a eso. Que la infancia será, en el mejor de los casos, un infame espejismo de la libertad que no seremos capaces de defender. Que nos volveremos eternos esclavos de relojes y billetes. Que le pondremos precio, incluso, a nuestro aliento diario. Que postergaremos sueños, sonrisas, atardeceres y lunas, no sin antes estudiarnos impecables pretextos de supervivencia, que nos eximan de sentirnos viles por hacerlo. Que tendremos horarios hasta para hacer el amor o para emborracharnos. Que llenaremos nuestros espacios de rejas, nuestros silencios de ruido y nuestros pulmones de humo. Que después, como perfectos imbéciles, negociaremos, con dioses y diablos, por un centímetro de oxígeno y un poco de música. Que no seremos provistos de un botón para apagar tristezas, fracasos o hastíos. Que ni siquiera las lágrimas servirán para purgarnos de ellos. Que cuando creamos haber aprendido lo suficiente para librar con dignidad ciertas batallas, el espejo se encargará de mostrarnos que nuestro tiempo expiró y que estamos fuera de juego. Que nos aferraremos a recuerdos y a retratos en un inútil intento de rescatarnos de ese reflejo que se nos ríe en la cara. Y que para ese entonces, nuestras alas estarán tan gastadas, que cualquier proyecto de vuelo será en vano. Que ni siquiera nos atreveremos a contar que alguna vez tuvimos alas, porque volar, definitivamente, nunca fue buen negocio para los humanos.
La vida tendría que venir con un manual de instrucciones, una fe de erratas, un permiso de prórroga y un libro de reclamos. Pero habrá que conformarnos con esto que somos. Solo torpes almas a bordo de un montón de huesos como simple y única provisión de viaje.
Aún así, y ante este nuevo marzo, me pido revancha.