jueves, 23 de agosto de 2012
DESPLEGANDO LAS ALAS
La tarde nos citó en la puerta del Instituto como tantos otros miércoles. Sin embargo, no era un miércoles cualquiera. No era de esos que pasan desapercibidos en el almanaque o que, a lo sumo intentamos apurar para acercarnos al fin de semana. Lo decían nuestros atuendos, más elegantes que los que solemos lucir para cursar. Lo decían esas planillas que temblaban en nuestras manos dejando en evidencia el inevitable nerviosismo de los debuts. Lo decían esas credenciales que, recién estrenadas, se impregnaron en segundos de la emoción que nos invadía… Éste prometía ser un miércoles para recordar.
Dudo que alguno de los invitados a los que recibimos y entrevistamos en la entrada haya podido imaginar siquiera el orgullo que disimulábamos por la tarea asignada. Conteníamos la adrenalina y ensayábamos una postura espontánea. Pero las sensaciones nos inundaban. Nada estuvo librado al azar. Todos y cada uno de nosotros tenía una misión concreta, de esas que te hacen sentir que nada hubiera sido igual si, tan solo uno, no hubiera estado allí. A quiénes oficiábamos la recepción nos sucedían los que acompañaban hasta el lugar del evento y a ellos, quiénes organizaban ubicación y a éstos, los que filmarían y sacarían fotos… Cual tablero de ajedrez, cada pieza, buscando su ubicación necesaria para que la jugada resultara perfecta.
Ya en el auditorio, el clima prometía una tarde de lujo. El rojo del mantel y el azul del cortinado competían con nuestras ropas elegantes en un intento de decir sin palabras qué tan de fiesta nos sentíamos. Los minutos transcurrían. El recinto se poblaba de invitados. Los murmullos discretos, típicos de la espera, solo eran interrumpidos por algunos flashes que comenzaban a retratar recuerdos de una tarde inolvidable. Entonces, el Señor Alejandro Apo llegó y quizás comience aquí, lo más interesante de este escrito.
Su voz impuso un silencio maravilloso. Esa voz que tantas veces habíamos escuchado en la radio, en videos, en sus comentarios y cuentos, en sus increíbles relatos, esa voz cobró vida ante nosotros. Con rostro y gestos reales, con una postura absolutamente relajada, con la humildad de los grandes, esa voz se hizo lección de periodismo y vida en “nuestro auditorio” e inmortalizó un miércoles que definitivamente ya no sería uno más. Esa voz supo pasearnos por su barrio de origen, por su infancia y adolescencia, por sus comienzos en esta profesión, por su vasta trayectoria y por anécdotas deliciosas con tanta claridad que, por momentos, fue como estar viendo una película de su vida. Juro que tuve que esforzarme por no reclinarme en la silla y por recordar que no era una charla entre amigos, aunque se le pareciese bastante…
Cuando creímos que lo mejor había terminado, los docentes nos regalaron nuestro segundo de gloria. A nosotros, que apenas nos atrevemos a soñar con recorrer algún día un camino similar al que acababan de contarnos como el mejor de los cuentos. A nosotros, que a esa altura poco podíamos ocultar la emoción de semejante vivencia. Nosotros, ¡nos convertimos en protagonistas! Y fue entonces que nuestras credenciales, recién estrenadas, amenazaron con salirse de nuestro pecho. Como podrán imaginar, nuestro invitado de lujo pasó por alto nuestro indisimulable temor y nos premió con respuestas impecables.
Por último y como bonus track de una tarde soñada nos dejó como perlita uno de sus fantásticos relatos, un montón de fotos, consejos personales y saludos de esos que suelen darse quienes se conocen desde hace mucho. Así lo sentimos cuando se iba, que lo conocíamos desde siempre.
Sabiendo que esta crónica difícilmente pueda transmitir lo que realmente vivimos, voy a intentar resumirlo citando a Estrella sobre el final del evento. Ella dijo, parafraseando a un filósofo francés del cual no recuerdo el nombre: “LA PALABRA ESTUVO DE FIESTA”. ¡Y vaya si lo estuvo!
¡GRACIAS ALEJANDRO APO!
domingo, 12 de agosto de 2012
"PIDO GANCHO"
Reírnos de todo y por nada hasta que nos duela la panza. Tener que escondernos sólo de quién “la pica”. Que la figurita difícil del álbum sea la más lejana de las metas. Que sufrir por amor signifique, simplemente, suspirar por el vecinito de enfrente. Que una taza de chocolate caliente sea remedio infalible para ese desamor. Que nuestras cuentas corrientes se depositen en un chanchito y que un puñado de monedas nos haga sentir millonarios. Que una botellita girando en un recreo nos estalle el alma. Que una casa en un árbol nos convierta en propietarios. Que un rey mago, o tres, nos invadan los eneros de ilusión y un febrero con Pelopincho sea un mes en el Caribe. Que un flan con caramelo de la abuela nos vuelva fiesta una cena. Que busquemos el sticker en el paquete de galletitas en vez de las calorías. Que mamá y papá sean verdaderos superhéroes. Que el permiso para un ratito en su cama sea el pasaporte al paraíso. Que los juramentos puedan burlarse cruzando los dedos y un “pido gancho” nos exima de toda culpa. Que nuestro diario íntimo sea el tesoro mejor guardado. Que nuestro primer beso se repita cada vez que leemos ese diario. Que nuestra peor derrota sea perder en el “Tuti-fruti” y caer en quiebra suceda sólo en el Estanciero. Que para volar nos alcance una bicicleta. Que la muerte esté tan lejos y la vida tan a mano…
“Manchas” que no nos ensucien y “quemados” que no ardan. Delantales que nos conserven puros. Chupetines que nos endulcen el alma. Almohadones como únicas armas de guerra y cielos que nos queden, apenas, a dos baldosas de una Rayuela…
Si crecer no significara alejarse de todo eso, el mundo adulto se nos haría fascinante y sin embargo...
¡Todavía estamos a tiempo de que no se nos arrugue la sonrisa!
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