martes, 30 de abril de 2013

LA PIEL QUE HABITO...

 

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Solía ser reacia a los tatuajes. Quizás porque me producían cierta sensación de auto-flagelo. Quizás porque algunos diseños me resultaban violentos. Quizás porque me era inevitable relacionarlos con el dolor físico. Quizás porque nunca había sentido la necesidad de lucir uno. Quizás porque, sencillamente, no los entendía. Y uno siempre se vuelve reacio hacia aquello que no entiende. (¡Por cierto, cuántas de nuestras miserias radican en eso!)

Pero hubo un día en que algunas cosas cambiaron. Y seguramente fue un día de sol cualquiera pero yo amanecí diferente. Me miré al espejo y me doblé la apuesta: a todo o nada esta vez. Desempolvé sueños viejos y desafié a mi destino. Me renové promesas y me juré constancia. Me perdoné la demora y redimí mis culpas. Me descubrí temerosa y me infundí coraje. Me maquillé la pereza. Me delineé una sonrisa. Me desvestí de pretextos y me probé un par de alas. Me reinventé.

Y entonces entendí. No alcanzaban las palabras. Me quedaban chicas para decir tanto. No había frase o escrito que pudiera explicar. No existían vocablos que traduzcan mi metamorfosis. No bastaba susurrarlo ni contarlo. Ni siquiera gritarlo. Me urgía sellarlo. Rubricarlo para siempre. Declararme en un pacto indisoluble de intento de vuelo contra viento y marea. Mi días de de oruga habían terminado. Era mi tiempo de mariposear, aunque solo fuese por un día. Y era mi piel la que mejor podía decirlo. Necesitaba tatuarlo.

¡Carpe Diem!

(Que mi hermana haya compartido esta vivencia conmigo no hizo más que renovar este lazo que nos une, aún, desde antes de conocernos. Y que haya elegido esa frase fue confirmar, a flor de piel, lo que le escribí hace un tiempo: ella es el espejo eterno de mi alma.)


 

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jueves, 4 de abril de 2013

INUNDADOS DE TRISTEZA



¿De qué modo se acomodan las palabras cuando no alcanzan para relatar tanta desidia? ¿Cómo se resume, en un montón de frases prolijas, todo aquello que se siente y que desborda?

Este blog pretende ser un espacio literario. Un lugar donde las metáforas se den el permiso de seducir a los escritos, de adornarlos, de vestirlos de fiesta o de echarlos a volar. Un lugar donde la realidad tenga poca fuerza porque la fantasía se mezcla caprichosamente con ella. Para la realidad hay otros espacios. Para ella existen otros escritos. Los informativos o los meramente comunicativos son su verdadero y correcto lugar. ¿Pero cómo y dónde se relata la realidad cuándo los textos de reporte nos quedan chicos? Y no hablo de la realidad cotidiana. No hablo de esa que pasa tan vorazmente por nuestros relojes que apenas si alcanzamos a vivirla sin detenernos en relato alguno. Hablo de la que nos sacude. Hablo de la que nos pega en la cara sin piedad y nos deja indefensos y vulnerables como niños. Hablo de esas realidades que desnudan, sin permiso y de un tirón, nuestras peores miserias.

Hoy es uno de esos días en que la realidad nos golpeó como pocas veces. O quizás no fueron pocas. Quizás, las otras muchas veces, forman parte de relatos que intento olvidar a modo de auto defensa. Hoy, una catástrofe inevitable, devino en dramáticas consecuencias, tal vez evitables. Hoy, una inundación trágica afectó a nuestra ciudad. Y podría ser ese un título netamente informativo, aunque el adjetivo “trágica” deje ya vislumbrar que es mucho más que eso. Pero si solo tuviera que informar sobre lo ocurrido, ¿dónde pongo entonces la impotencia? ¿dónde la tristeza? ¿dónde las preguntas sin respuesta?

La noticia sobre la primera muerte, incluso la segunda y tercera, me shockeó . Sin embargo, cuando el número ascendió y llegó a más de cincuenta, se convirtió en eso, en un número. Me costó entonces, intentar ponerle rostros y voces a esas muertes, que hasta ayer fueron vidas. Comenzaron a ser eso: muertes rotuladas. Muertes absurdas e injustas. Muertes evitables. Muertes con un montón de adjetivos posibles, pero muertes al fin. Y me asustó la rapidez con que acepté la idea. Me asustó encontrarme esperando, casi paciente, que el número ascienda. Me asustó reemplazar el término “personas” por “muertes”. Me asusté de mí y me asusté del hombre.

Para ponerme un atenuante, debo decir que me descubrí, también, acostumbrada a la solidaridad de siempre. Esa que nos salva cuando los que deberían salvarnos nos abandonan a nuestra suerte. La que viaja en camiones de choferes anónimos, que se embolsa, que se embala, que se embotella, que se regala, sin etiquetas ni banderías. Esa que no distingue manos porque las manos, simplemente, no tienen nombres. Pero cuando se unen en un fin común, tienen más presencia y fuerza que cualquier ente que podamos identificar. Y no escatiman en caricias o abrazos. Esa solidaridad que se atreve, incluso, a burlarse de tanta muerte. A esa sigo, para mi alivio, acostumbrada.


Este blog pretende ser un espacio literario ¡claro! Pero no encontré mejor rincón donde guardar el inmenso dolor de este día. Ni mejor espacio donde convertirlo en palabras.



Perdón por la tristeza, diría mi maestro Sabina…