martes, 7 de enero de 2014

MUSAS EN CONDICIONAL



Debería aferrarme a mi nostalgia crónica y permitirle adueñarse de este tedioso blanco.
Debería alcanzarme este paisaje de verano mentiroso y la lluvia en mi ventana.
Debería aturdirme del silencio reinante hasta que estalle en vocablos ruidosos y soberbios.
Debería revisar mi historial de desamores y resucitar tristezas para que valgan la pena.
Debería asaltar mi biblioteca y empacharme de prosas hasta vomitar palabras.
Debería revolcarme en mi pasado en sepia, en mis recuerdos gastados y en mi mochila de ayeres.
Debería recordar que casi siempre es domingo, más allá de qué tan martes me mientan los calendarios.
Debería acudir a canciones y a poesías con las que jugué a ser la que no seré nunca.
Deberían bastarne mi luna de marzo, mi sahumerio de vainilla, mi Sabina y mi gato. Los odiosos espejos de los que suelo huir. El tabaco que me falta. Las ausencias que me sobran. Los “sin embargo” y los “viceversa” en los que redundo adrede. Mi tozudez de siempre. Mi urgencia de decir.
Debería lograr, aunque sea por ganas, un escrito sublime.
Pero los condicionales tienen la maldita costumbre de morirse en el intento. Y hasta el más superlativo de los deseos les queda siempre ajustado.

Será que, incluso a las musas, se les gastan las alas.

domingo, 5 de enero de 2014

DE MELCHORES, GASPARES Y BALTASARES


Los cuentos religiosos en los que no creo suelen molestarme porque detesto la mentira en todas sus formas y así los considero: mentiras creadas para muchos en función de viles intereses de los pocos de siempre. Aquellos que han puesto
(y siguen poniendo) sociedades enteras a su merced. Aquellos que venden redenciones, que prorratean indulgencias y que rematan estadías en el paraíso a sumisos terrenales que en pos de asegurarse un futuro y eterno mejor pasar, resignan esta, su vida terrenal, a algo que difícilmente pueda presumir de serlo.

Sin embargo y planteada ya mi postura ante los relatos divinos, me declaro absolutamente vulnerable a algunos de ellos. La llegada de los Reyes abre un paréntesis en mi mirada agnóstica, casi atea de mi presente. Por algún motivo que aún no alcanzo a revisar en mi enmarañada psiquis, los tres hombrecitos en camino a Belén me despiertan una ternura difícil de explicar pero que, de puro terca, pretendo poner en palabras. Será porque, a diferencia y en gran contraste con muchos de los personajes bíblicos, la misión de estos fue celebrar la vida. Y no es un dato menor teniendo en cuenta la supuesta existencia de monstruos como el tal Herodes. Será porque los guiaba una estrella y para una pisciana, eternamente perdida entre lunas y otras yerbas celestiales, eso tiene su punto. Será por que su camino se me ocurre caprichosamente hippie. Si pienso en el gordo de traje rojo, infiltrado de manera infame en navidades que se pretenden religiosas, montado en su suntuoso trineo a renos de fuerza y luciendo su vil panza "cocacolense", definitivamente me quedo con el morocho y sus dos cuates a bordo de sus flacos camellos y con sus bolsos de mirra e incienso a cuestas.Tanto que hasta puedo pasar por alto sus coronas. Será, si no es por todo lo dicho, simplemente porque son magos. Y la magia, después de todo, es magia siempre.

El caso es que, aún con todo mi declarado escepticismo, cada 5 de enero vuelvo a tener 6 años. Vuelvo a mis noches de vigilia y de sueño obligado. Vuelvo a escurrirme de la cama para espiar mis zapatos, una, diez, cien veces. Vuelvo a la odiosa orden de mamá: ¡DORMÍ! Vuelvo a la plaza de Pompeya y la tía Marita ayudándome a juntar pasto. Vuelvo a mi futura tristeza por saber lo que significaba para el presupuesto de mis padres cada preciado tesoro que intentaba conformar mis pedidos escritos en ese pedacito de papel al pie del árbol. Vuelvo a mi hermano Pablo y a mi prima Soni compartiendo conmigo esta aventura gigante para nuestra perspectiva tan pequeña. Vuelvo a escribir mi carta y a pedir, además de los juguetes que nunca fueron los que esperé pero no por eso menos maravillosos,
porque todos los niños del mundo sonrían, al menos, ese día. Vuelvo a mis trenzas y a mis tardes de caramelos y rodillas sucias. Vuelvo a mi primera bicicleta, capaz de llevarme al cielo. Vuelvo a mis rayuelas que consagré eternas, después, en mi libro de Cortázar. Vuelvo a mi niña. A la que defiendo a ultranza de presentes adultos. Vuelvo a mi estrella de Belén aún cuando Belén esté tan lejos de los relatos que elijo comprar. Vuelvo a quien fui, para seguir siendo. Y me aferro a la nostalgia de algunas mentiras que no le sientan tan mal al universo después de todo.


Será que este 5 de enero es demasiado domingo.