martes, 7 de enero de 2014
MUSAS EN CONDICIONAL
Debería aferrarme a mi nostalgia crónica y permitirle adueñarse de este tedioso blanco.
Debería alcanzarme este paisaje de verano mentiroso y la lluvia en mi ventana.
Debería aturdirme del silencio reinante hasta que estalle en vocablos ruidosos y soberbios.
Debería revisar mi historial de desamores y resucitar tristezas para que valgan la pena.
Debería asaltar mi biblioteca y empacharme de prosas hasta vomitar palabras.
Debería revolcarme en mi pasado en sepia, en mis recuerdos gastados y en mi mochila de ayeres.
Debería recordar que casi siempre es domingo, más allá de qué tan martes me mientan los calendarios.
Debería acudir a canciones y a poesías con las que jugué a ser la que no seré nunca.
Deberían bastarne mi luna de marzo, mi sahumerio de vainilla, mi Sabina y mi gato. Los odiosos espejos de los que suelo huir. El tabaco que me falta. Las ausencias que me sobran. Los “sin embargo” y los “viceversa” en los que redundo adrede. Mi tozudez de siempre. Mi urgencia de decir.
Debería lograr, aunque sea por ganas, un escrito sublime.
Pero los condicionales tienen la maldita costumbre de morirse en el intento. Y hasta el más superlativo de los deseos les queda siempre ajustado.
Será que, incluso a las musas, se les gastan las alas.
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