sábado, 29 de marzo de 2014
LEY DEL TALIÓN, VERSIÓN 2014
Yo corregiría la noticia. Yo diría: El miércoles 26 de marzo, David dejó de respirar. Pero, David había muerto mucho antes. Y también es equivocado afirmar que no están identificados los atacantes. Éstos son perfectamente identificables. Al margen de nombres y de huellas dactilares. Lejos de golpes de mayor o menor tenor. Sin distinción de gentilicios o clases socio-económicas. Los atacantes somos vos y yo. Es el de acá y el de más allá. Es el que se conmueve con la noticia y el que se regocija con ella. Por acto o por omisión, a David, lo matamos entre todos.
A David lo mató una sociedad que tiene un master en mirar para el costado. Lo mató la indiferencia a la que tuvo que sobrevivir durante 18 años. Pocos para tanta vida pendiente, eternos para soportar tremenda marginalidad. Lo mató la señora de doble apellido que renegó de que el Estado le diera una asignación a su madre, porque el Estado no está para mantener “vagos”, sino para subsidiar la incandescente iluminación de su country. Lo mató Doña Rosa sin apellido cuando hizo zapping y prefirió llenar su rutinario silencio con los gritos desgarradores de una mediática rubia ante su recién suicidado marido. Lo mató un Estado, ineficiente todavía, a la hora de achicar desigualdades. Lo mató un paupérrimo sistema educativo que lejos estuvo de insertarlo en un mercado laboral digno. Lo mató la mentira infame en la que vivió inmerso desde sus años tempranos: “sos si tenés". Lo mataron las zapatillas, el celular o la tablet que debía lograr para existir. Porque eso le inculcamos desde siempre. Si hasta para entrar a un boliche nos encargamos de recordarle que los “David” como él están sujetos al derecho de admisión de los que sí tenemos zapatillas, celular y tablet. David no se murió el día que sintió que robar era su única manera de “alcanzarnos”. Comenzamos a matarlo mucho antes. Lo golpeamos una y otra vez con nuestra mirada esquiva, con el desprecio y con el silencio cómplice. Lo lapidamos en cada “trapito” al que le cerramos la ventanilla por temor y por asco. Lo apedreamos en cada cartonero al que miramos de reojo. Lo atacamos con nuestros periodistas jueces y nuestros jueces ineficaces. Con nuestro egoísmo y con nuestras miserias. Con nuestra incapacidad de entender que la línea entre víctima y victimario es mucho más delgada e indefinida de lo que creemos. Y que hay dolores demasiado profundos a ambos lados de la moneda.
Hoy, esta sociedad que presume de sus zapatillas, celulares y tablets involucionó 2000 años. Y ahí estamos, vos y yo, cobrándole a David ojos y dientes sin piedad. David ya pagó su deuda, prorrateada durante 18 años con intereses atroces. Ahora, nos toca pagar a nosotros. Con nuestra conciencia.
”Ojo por ojo y el mundo acabará ciego.” – Mahatma Ghandi
lunes, 10 de marzo de 2014
FIESTA DE LA COSECHA
Algunos marzos pasados me encontraban más renegada de fechas y aniversarios. Suelo serlo, aún de los que me impone mi propio calendario. Sin embargo, crecer, implica revisar ciertas estructuras que uno lleva puestas casi por inercia, pero que van perdiendo sentido si se las revisa. O, lo que es mejor, van recobrándolo.
Aún inmersa en la rutina de un día como todos me permití aceptar y disfrutar que no fuera un día como todos. Me desvestí de latiguillos gastados y estrené, presumida, todo el ajuar de afecto que me regalaron. No dejé prenda por probarme. Me puse cada abrazo, cada llamado, cada mensaje, cada escrito, cada palabrita, cada regalo, cada mirada… todo me lo eché encima sin prejuicio alguno y descubrí que, si de amor se trata, nunca nada sobra.
Aprendí también que: algunas distancias pueden ser burladas de manera infame y que los kilómetros se vuelven un detalle cuando las ganas les ganan; que hay objetos materiales que cobran vida cuando sólo aquellos que te conocen casi más que vos mismo pueden adivinar la sonrisa que te dibujarán al convertirse en obsequios; que no importa cuántas veces te hayan dicho que te quieren esos que te quieren porque uno puede empacharse de todo menos de “te quieros". Aprendí, más que nunca, que no hay mejor superávit que el del aprecio sincero.
La Fiesta de la Cosecha, que se realiza desde la época pagana para dar gracias a los dioses por los alimentos recibidos de la cosecha -que garantizaba durante un año el alimento- hace de esta celebración una de las más longevas de la humanidad. Si el afecto que uno recibe es proporcional al que siembra y nos dota de la energía necesaria para transitar otro año, sin dudas, hoy fue mi gran día de cosecha. Estreno luna. Y este nuevo 10 de marzo fue de verdadera fiesta.
¡GRACIAS! Con mayúsculas, en un vano intento de poner mi alma de este lunes en palabras.
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