lunes, 10 de marzo de 2014

FIESTA DE LA COSECHA



Algunos marzos pasados me encontraban más renegada de fechas y aniversarios. Suelo serlo, aún de los que me impone mi propio calendario. Sin embargo, crecer, implica revisar ciertas estructuras que uno lleva puestas casi por inercia, pero que van perdiendo sentido si se las revisa. O, lo que es mejor, van recobrándolo.

Aún inmersa en la rutina de un día como todos me permití aceptar y disfrutar que no fuera un día como todos. Me desvestí de latiguillos gastados y estrené, presumida, todo el ajuar de afecto que me regalaron. No dejé prenda por probarme. Me puse cada abrazo, cada llamado, cada mensaje, cada escrito, cada palabrita, cada regalo, cada mirada… todo me lo eché encima sin prejuicio alguno y descubrí que, si de amor se trata, nunca nada sobra.

Aprendí también que: algunas distancias pueden ser burladas de manera infame y que los kilómetros se vuelven un detalle cuando las ganas les ganan; que hay objetos materiales que cobran vida cuando sólo aquellos que te conocen casi más que vos mismo pueden adivinar la sonrisa que te dibujarán al convertirse en obsequios; que no importa cuántas veces te hayan dicho que te quieren esos que te quieren porque uno puede empacharse de todo menos de “te quieros". Aprendí, más que nunca, que no hay mejor superávit que el del aprecio sincero.

La Fiesta de la Cosecha, que se realiza desde la época pagana para dar gracias a los dioses por los alimentos recibidos de la cosecha -que garantizaba durante un año el alimento- hace de esta celebración una de las más longevas de la humanidad. Si el afecto que uno recibe es proporcional al que siembra y nos dota de la energía necesaria para transitar otro año, sin dudas, hoy fue mi gran día de cosecha. Estreno luna. Y este nuevo 10 de marzo fue de verdadera fiesta.

¡GRACIAS! Con mayúsculas, en un vano intento de poner mi alma de este lunes en palabras.



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