lunes, 25 de junio de 2012

ACORDES PARA EL ALMA



A veces la vida nos canta al oído…

Y es preciso estar atentos para que otros ruidos no ganen la partida. La rutina, por ejemplo, con sus acordes que hacen eco y se vuelven tediosamente repetitivos. Los mismos que nos acostumbran a no escuchar más allá de ellos. Los enojos, que aturden y avasallan de tal modo que resulta imposible que otra nota se atreva a traspasar los tímpanos. Las culpas, con su vocecita humilde pero caprichosa, recordándonos una y otra vez que no somos quienes queremos ser y no queremos ser quienes somos. Los desamores, con melodías agudas y punzantes que lastiman hasta hacernos sangrar los oídos y el alma. Los fracasos, que se instalan estridentes y casi ensordecedores. Y por allí, nuestra autoestima, intentando emitir una nota que suene orgullosa entre tanto barullo.

La vida en cambio, canta despacito, casi susurrando. Si logramos bajarle el volumen a la rutina seríamos capaces, por ejemplo, de escuchar que cada uno de nuestros días amanece con un sonido diferente. Algunos suenan a sol y a trinos y otros se lucen con majestuosas orquestas de gotas y truenos. El maravilloso sonido de un beso es capaz de callar al más ruidoso de los enojos. Un simple y seco chasquido de dedos puede hacerle frente a la culpa más gritona y dejarla muda, solo en un segundo. El sonido de un nuevo “te amo” se atreve al más doloroso de los desamores, por muy punzante que haya intentado sonar. Y no hay carcajada, se los aseguro, que no desate una fiesta de notas en nuestros oídos.

La vida canta y a veces, hasta el silencio se empeña en no dejar que la escuchemos. Pero cuando nos animamos a cantar con ella, puedo jurarles que nace el mejor de los dúos y es allí, en ese punto, donde la melodía se vuelve absolutamente magistral.

lunes, 4 de junio de 2012

SALDANDO DEUDAS



Prometo hacer lo posible aunque, esta vez, la tarea se haya puesto verdaderamente difícil. -“Técnica: retrato”- dijo la profe y no dudé en describirlo a él. Quizás porque, más allá de la poca objetividad de la que me haré cargo desde estas primeras líneas, él es, de los seres humanos que forman parte de mi vida, el más importante. Tal vez porque la mayoría de mis emociones comienzan y terminan en él. O simplemente, porque la cotidianeidad de la rutina compartida me ayude a conocerlo casi tanto como a mi misma. Por todo esto y porque le adeudo algún escrito, es que me aventuro al intento de retratarlo en palabras.

Puedo comenzar diciendo que es verdaderamente alto, tanto, que yo, que también lo soy, tengo que mirar hacia arriba si quiero alcanzar sus ojos. Y aquí voy a detenerme. En sus ojos. Porque sus ojos merecen un apartado extra. Y no tanto por su aspecto, ciertamente bello, sino por todo lo que transmiten, aún sin proponérselo. Son ligeramente rasgados a riesgo de desaparecer cuando sonríe. Su color puede variar, según el clima lo decida, de un miel que empalaga a un verde en el que me pierdo. Y su mirada dice tanto, ¡que podría jurar que esos ojos hablan!

Su cabello, que ha virado con los años de un dorado sol a un castaño mediano, va pagando impasible, cada una de las cuotas que la adolescencia le impone. Así es que, lo que hoy puede lucir como una cresta imponente a fuerza de gel, mañana puede convertirse, sin solución de continuidad, en un rapado mínimo a cambio de una victoria de “su” River.

Su nariz, orejas y boca mantienen un orden coherente con el resto de su rostro, que luce por estos tiempos casi como el de un hombre. Lo delata esa barbilla que comienza a dibujar, con cierta timidez, una leve sombra en sus mejillas y mentón. Pero cuando sonríe, el niño que aún sobrevive a la vorágine de hormonas, asoma radiante por entre sus dientes. Dientes estoicos, que se han sabido abrir paso entre ventanitas de Ratón Pérez y montañas de caramelos. Los mismos que hoy dibujan sonrisas de esas capaces de justificarlo todo.

Su voz , que se torna cada vez más grave, suele hacerse cómplice de su guitarra. Y no hay entonces, silencio que se les resista. ¡Aún el más profundo de ellos pierde la batalla contra sus cuerdas!

Su look puede variar de formal a informal de acuerdo a la ocasión sin mayores conflictos, aunque la camiseta con la banda roja, que atraviesa tela y piel y le tiñe el corazón, sea casi su uniforme.

Tiene manos y pies grandes, acordes a su estructura, y unos brazos dispuestos al abrazo siempre. Es inquieto y divertido. Sincero hasta los huesos. Sensible y muy amigo de sus amigos. Extrovertido y bohemio (irremediablemente condenado por sus genes).

Dudo que estos pocos párrafos alcancen para describirlo. Facundo es, indudablemente, mucho más de lo que estas líneas pueden expresar. No lo lograría, aún cuando un batallón de musas me asistiera. Solo puedo resumir diciendo que, desde hace diecisiete años, desde aquel junio frío de 1995, no hay persona ni personaje en el universo que pueda enseñarme más sobre el amor que mi hijo. Vaya entonces, para él, el escrito que le debía.

domingo, 3 de junio de 2012

NOS TOCABA CRECER ¡Y CRECIMOS!


Tal vez porque nuestra chalina azul y nuestra pollera, larga por obligación, no estén tan arrugadas todavía. O porque el agudo timbre del recreo tiene el mismo sonido a libertad de aquellos años. O porque cada rincón de nuestra escuela-rancho, devenida hoy en moderna estructura edilicia, guarde en sus cimientos todos nuestros secretos adolescentes.

Quizás porque a nuestras risas no les afectó la celulitis, ni las arrugas, ni los dolores; siguen teniendo, cuando suenan a coro, la misma frescura de nuestros diecisiete. O porque la Pacha, la Turano o Pivato no cumplan años en nuestro recuerdo, venciendo toda ley del paso de los años. O porque ningún níspero que hayamos vuelto a comer superó el sabor de aquellos robados al árbol del cole.

Por supuesto ya no somos las que fuimos. Sumamos décadas, construimos familias, parimos hijos, profesiones, éxitos y fracasos. Superamos decepciones. Tocamos, en ocasiones, el cielo con las manos y el fondo del pozo otras tantas veces. Nos caímos y levantamos más de lo que creímos poder. Besamos demasiados sapos esperando que se conviertan en príncipes. Llenamos nuestros álbumes de fotos. Perdimos pilares en el camino, a los que resguardamos en retratos y en el alma. Resumiendo: ¡CRECIMOS!

Y aprendimos que ganar el mango no es fácil, pero que el dinero es lo último que nos hace ricas. Que nuestros viejos se vuelven más sabios en el preciso instante en que nos volvemos más idiotas para nuestros hijos. Que las asignaturas pendientes empiezan a doler más que las canas y que el tiempo apura cuando una se acerca a los cuarenta. Aprendimos también que nada es para siempre. Que las perdices de los finales de cuentos eran solo eso, puro cuento. Que, como en los grupos de autoayuda, todo es SOLO POR HOY y día a día y que depende pura y exclusivamente de nosotras. Que los afectos que creímos inmortales, se nos mueren aunque los necesitemos más que nunca. Que nuestros hijos, esos que se llevaron la turgencia de nuestros pechos, nuestras mejores horas de sueños y tantos de nuestros minutos, crecen y se nos alejan. Simplemente porque así debe ser y porque así queremos que sea. Que nuestros hombres, a quienes regalamos y de quienes recibimos promesas de amor eterno, pueden levantarse un día y no elegirnos, o ser nosotras quienes no los elijamos…

Es aquí, en esta mitad de camino, en donde tanto nos parecemos a aquellas que fuimos… tan indefensas de a ratos y tan valientes siempre que haga falta. Tan sensibles y tan fuertes según la ocasión. ¡Tan necesitadas de ese abrazo que solo las amigas del alma pueden regalarnos!

Como verán, mi sueño de artista no murió. Tal vez fue mutando con el paso del tiempo. Las tablas que alguna vez imaginé pisar fueron reemplazadas por mi sillón preferido y los acordes de mi hijo en su guitarra. Los aplausos entonces me los regalan aquellos amigos a quiénes aturdimos. Ningún otro escenario me habría llenado tanto el alma, ¡se los aseguro!

Y aquel best seller que pretendí escribir, se redujo a estas líneas que me permiten desahogar tantas emociones cada vez que urge. Hoy son para ustedes. Hoy tenían que ser para ustedes. Las mejores lectoras que pueda elegir. Las que me conocen casi como yo misma aún cuando pasemos años sin vernos. Las que tatuaron por siempre en mi mente y en mi corazón recuerdos de esos que te sostienen aún cuando no hay de donde agarrarse. Las que permiten que aquel 5to Mercantil, promoción 1986 se haya suspendido en el tiempo y conserve intacta nuestra esencia de niñas…

VOLVER A LOS DIECISIETE...

Quién hubiera dicho que, a mis 43 marzos, yo volvería a ser alumna, que iba a recorrer una vez más los pasillos de esta institución en calidad de estudiante. Ni yo lo imaginaba, o sí, el caso es que aquí estoy, animándome a diario a este déjà vu, al transitar este espacio como alguna vez lo hice. Hoy, sin el uniforme que sellaba mi rol de estudiante y con más arrugas, menos ruidosa y más cauta, con la ventaja que dan los años de mirar todo desde otra perspectiva; pero con la misma avidez de conocimientos de aquellos tiempos. Sin embargo, hay algo que se vuelve inevitable cada vez que cruzo la puerta del cole: que me invadan las imágenes de aquel espacio donde transcurrió gran parte de mi infancia y adolescencia.
Para darles una primera impresión de cómo lucía el colegio por aquellos tiempos, basta con mencionar que lo llamaban: “El gran Chaparral”. Allí donde hoy se levanta un imponente gimnasio, provisto de tribunas y ventanales majestuosos, se erguía un endeble tinglado de chapas, que se me ocurría dispuesto a volar con la más leve de las tormentas… dicho esto debo aclarar que, más allá de mi fantasía sobre él, sobrevivió estoicamente a todos y cada uno de los temporales , a los soles más radiantes y, lo que no es poco, a millones de travesuras, sabiendo albergar así, interminables horas de gimnasia, maravillosos recreos, centenares de “manchas y escondidas” y no menos cantidad de actos patrios. Evidentemente, lo de endeble no era más que una visión netamente inocente que yo tenía de aquella estructura.

Las aulas eran, en su mayoría, vagones de trenes en desuso, lo que convertía aquellos salones en una novedad absoluta. No había entre mis amigos, que asistían a otros establecimientos, ninguno que tuviera clases dentro de un viejo vagón. El privilegio de sentirse exclusivo cuando uno es niño no se compara con nada. Las aulas que, en cambio, habían trascendido la categoría de vagón, tenían paredes frágiles en aspecto, construidas con una especie de cartón prensado, difícil de imaginar en estos tiempos. Y sus pisos de madera, que soportaban a diario nuestras embestidas, solían contar con algunos tablones menos al término de cada año.

La galería se alzaba colmada de árboles, en su mayoría de copas verdes aunque no faltaban los que teñían los recreos de violeta o celeste y de perfumes que aún permanecen en mi memoria. Y había uno que sobresalía imponente entre la gran arboleda. El se sabía rey entre nosotros y entre sus pares, ¡y se erguía como tal! Ningún intento de violeta estridente o de perfume a azahares pudo jamás con la magia del árbol de nísperos. Porque más allá de cualquier color o fragancia, él contaba con un tesoro que ninguna de las otras plantaciones podía proveernos: ¡tenía frutos! Frutos que nos invitaban en cada recreo a la maravillosa aventura de hacernos del más grande o el más carnoso. Frutos de los cuales poco nos importaba el gusto o el olor, porque rara vez los comíamos; el verdadero sabor era la sana competencia que llenaba esos ratitos en que el timbre tenía sonido a libertad absoluta. Ningún níspero que podamos haber comido en la adultez superó el sabor de aquellos robados al árbol del cole (en lo personal, confieso que nunca he vuelto a probar uno).

Puedo recordar también nuestro improvisado “buffet”: un kiosquito pequeño, ubicado donde hoy está la parroquia, que no era más que una habitación diminuta en la que podíamos encontrar el más preciado manjar de un recreo: ¡PANCHOS! Tampoco forman parte de mi dieta habitual, reducida en su mayoría a ensaladas a fuerza de evitar calorías, pero debo reconocer que en aquel contexto, ¡sabían de maravillas! A su lado, estaban los baños, que apenas contaban con letrinas. Más tarde, cuando finalmente tuvimos inodoros, ¡sentimos que habíamos alcanzado el primer mundo!

Y la casa de Teresa (por aquel entonces, la casera del colegio). Ahh… la inolvidable casa de Teresa, inundada siempre de un incomparable perfume a matecocido recién hecho que convertía nuestras mañanas frías en fiestas absolutas de pan y tazas humeando.

Por último, la entrada (y curiosamente debería haber empezado por aquí), con un Sagrado Corazón de casi dos metros, de colores brillantes y con sus brazos abiertos, como regalándonos siempre un abrazo de bienvenida. Hoy, la entrada se impone en otra ubicación, con letras por demás elegantes y rejas prolijamente dispuestas. Y el Cristo se vistió de blanco en aquel rinconcito que alguna vez fue nuestra puerta al saber.

Sin dudas, la escuela ha cambiado notoriamente con los años… O me corrijo, el edificio ha cambiado, pero cada día cuando entro, se los aseguro, puedo sentir aquel perfume a nísperos y azahares y la niña que fui, vuelve a vivir, en ese abrazo de bienvenida.





sábado, 2 de junio de 2012

CON PERMISO DEL SEÑOR NERUDA, MI AUTORRETRATO


Puestos a describir
podría decir que soy:
alta de centímetros y de frente
casi oriental de ojos y
fácil de carcajadas.
Ancha de caderas, más de lo que quisiera, 
renegada de ejercicios y gimnasios.
Aborrecida de números 
y amante de la poesía. 
Desvelada por Cortázar y Quiroga,
aturdida, felizmente, por Sabina.
Melancólica incurable. 
Bohemia de vocación.
Rubia, de mentira y por elección,
morocha de alma.
Inconstante por defecto,
obstinada hasta el hartazgo,
caprichosa de metas y de utopías.
Practicante de escritora. 
Fóbica a los insectos. 
Verborrágica e inquieta.
Dura si es necesario,
blanda por naturaleza.
Muy ambigua por pisiciana.
Gallina por futbolera... y por valiente!
Matera por tan argenta.
Fumadora a pesar mío.
Cinéfila por culpa de Woody.
Cantante de duchas y de reuniones. 
Payasa por hobby y como escudo.
Femenina si hace falta, 
rea cuando me dejan.
Elegante y de tacos para eventos,
feliz en pantuflas y pijamas. 
Orgullosa y fascinada por mi hijo,
bendecida de familia,
afortunada de amigos. 
Enamorada del mar y de la luna,
soñadora aún despierta, 
duermevela sin remedio. 
Responsable de tareas y de empleo,
ordenada en el hogar y de conductas, 
desordenada de amores. 
Humana, por escencia y por mis genes, 
mariposa, si me toca reencarnar. 

PALABRAS COMO ALAS

A falta de musas para ponerle nombre propio a este espacio acudí a otra de mis grandes pasiones, el cine. "La escafandra y la mariposa" es de esas películas que tienen el poder de tatuarnos el alma. Jean-Dominique Bauby  , carismático redactor de la revista francesa Elle, joven y exitoso, sufrió una embolia masiva allá por el año 1995. Cuando salió del coma, veinte días más tarde, su cuerpo quedó absolutamente paralizado, víctima del llamado "síndrome de cautiverio", a excepción de su ojo izquierdo. Mentalmente funcional pero incapaz de moverse, respirar o alimentarse sin asistencia, se vio obligado a entablar comunicación con el exterior únicamente a través del parpadeo. Forzado a adaptarse a esta mínima perspectiva creó un nuevo mundo a partir de lo único intacto en su inmóvil cuerpo: la imaginación y la memoria. Es así que, con la ayuda de una asistente incondicional y valiéndose de un código de deletreo logró plasmar su imaginario vuelo en  la maravillosa novela que dio, después de su muerte, título a su película... y hoy a mi blog.

Allí están las palabras entonces, ensayando su vuelo. Intentando burlar la escafandra. Las espontáneas, esas que casi no piden permiso y se redactan solas. Las tímidas, imaginando el filtro de futuros lectores. Las repetidas, que amenazan con volverse aburridas y las nuevas, que prometen frescura e impacto a mis textos. Las dulces y las ácidas, las tiernas y las severas. Las que se susurran y las que se gritan. Todas y cada una de ellas, encerradas en mi mente con su  potencial intacto, pujando por convertirse en mariposas. Y como cualquier vuelo, compartido se disfruta más. Los invito entonces a volar conmigo, o a asistir al menos, al intenso desafío de ganarle a la escafandra.

Bienvenidos a este refugio virtual, muy mío pero imposible sin ustedes.