
A veces la vida nos canta al oído…
Y es preciso estar atentos para que otros ruidos no ganen la partida. La rutina, por ejemplo, con sus acordes que hacen eco y se vuelven tediosamente repetitivos. Los mismos que nos acostumbran a no escuchar más allá de ellos. Los enojos, que aturden y avasallan de tal modo que resulta imposible que otra nota se atreva a traspasar los tímpanos. Las culpas, con su vocecita humilde pero caprichosa, recordándonos una y otra vez que no somos quienes queremos ser y no queremos ser quienes somos. Los desamores, con melodías agudas y punzantes que lastiman hasta hacernos sangrar los oídos y el alma. Los fracasos, que se instalan estridentes y casi ensordecedores. Y por allí, nuestra autoestima, intentando emitir una nota que suene orgullosa entre tanto barullo.
La vida en cambio, canta despacito, casi susurrando. Si logramos bajarle el volumen a la rutina seríamos capaces, por ejemplo, de escuchar que cada uno de nuestros días amanece con un sonido diferente. Algunos suenan a sol y a trinos y otros se lucen con majestuosas orquestas de gotas y truenos. El maravilloso sonido de un beso es capaz de callar al más ruidoso de los enojos. Un simple y seco chasquido de dedos puede hacerle frente a la culpa más gritona y dejarla muda, solo en un segundo. El sonido de un nuevo “te amo” se atreve al más doloroso de los desamores, por muy punzante que haya intentado sonar. Y no hay carcajada, se los aseguro, que no desate una fiesta de notas en nuestros oídos.
La vida canta y a veces, hasta el silencio se empeña en no dejar que la escuchemos. Pero cuando nos animamos a cantar con ella, puedo jurarles que nace el mejor de los dúos y es allí, en ese punto, donde la melodía se vuelve absolutamente magistral.
¡Qué linda prosa y qué buenas ideas!
ResponderEliminarEs que las palabras también suelen tener música...
ResponderEliminarHay tanta gente sorda que tendría que leer esto!!!!
ResponderEliminar