Creo que fue en aquel marzo cuando me conquistó de una vez y para siempre. Yo apenas estrenaba vida y ella se presentó como arrullo dulce en los labios de mi madre y protector susurro en la boca de mi padre. Así la conocí en su primera forma sin sospechar siquiera cuántos matices desplegaría después. Mi pequeño universo comenzaba y terminaba, por entonces, en esos sonidos únicos y perfectos.
Mis años tempranos la descubrieron en boca de mis abuelos. Allí se llenaba de nostalgia de afectos dejados en una Italia lejana. Allí, de a ratos, perdía la batalla ante mutismos que se aturdían de guerra. Allí, también, resurgía victoriosa, entre historias de inmigrantes y de esperanzas nuevas o se volvía magistral en cantos gitanos que aún hoy tarareo.
Pero mi mundo crecía y ella empezaba a quedarme chica. Fue entonces que en un hábil movimiento se trepó a un pizarrón verde de la mano de la seño Alicia. Sin dudas, una de sus mejores jugadas. Se escabulló entre libros, se metió en mis cuadernos, se escondió en cada uno de mis lápices y se desdobló para enseñarme que yo podía buscarla más allá de los sonidos. Que entre líneas se volvía más imponente, incluso, que en algunos “decires”.
Cuando creyó tenerme definitivamente seducida, un nuevo obstáculo le presentó pelea: mi adolescencia. Con absoluta soberbia me abusé de ella. La enarbolé cual bandera. La vestí, sin su permiso, de protesta y de enojo. La desbordé de rebeldía. La llené de complejos. La ensucié de política “de moda”. Y la sometí, como si fuera poco, a prolongados periodos de mudez. Ella, lejos de claudicar ante mi insurrección, entendió humildemente que otra vez su medida me ajustaba y decidió estirarse como nunca antes. No escatimó en recursos, se alió con maestros, se camufló de poesía y se inundó de música. ¿Cómo no caer rendida ante su encanto, cuando convenció a Cortázar, a Sabina o a la misma Pizarnik de que se ocupen de mis desvelos? Así volvió a deslumbrarme y quizás por eso me encontró distraída cuando en el peor de sus reveses vistió un horrible traje de muerte. Con total desparpajo decidió callarse para siempre en los labios de mi padre. Años me llevó perdonarle tremendo silencio y otros tantos entender que no siempre puede lucir bonita, que hay vocablos que no se adornan con nada. Que simplemente duelen. Creo que ella supo mejor que nadie de mi desidia porque ante la ausencia de esa voz se multiplicó en otro montón de voces, cercanas y sanadoras. Se ofreció como herramienta principal de desahogo y desafió a mi dolor a convertirse en escritos.
Y así como se había calzado un día su peor disfraz, fue luciendo ante mis ojos un “te quiero” que le quedaba bien y algún “te amo” que le sentó de maravillas. Y me sorprendió un junio vistiéndose de fiesta. Se probó cuatro letras en mayúsculas y me regaló el título de MAMÁ, que conservaré como tesoro hasta el último de mis días.
Hoy se me escurre entre charlas eternas con amigas, o se escabulle, tímida pero caprichosa, en mis delirios de poeta. Justifica, a diario, mi vocación. Aprendió a ser más prudente y calla si es necesario. Comprende mejor sobre contener, acompañar, defender y redimir. A menudo se equivoca pero ya no le teme a pedir perdón ni a perdonar. Se sabe plenamente necesaria. Y ya no necesita seducirme. Me tiene perdidamente entregada a su bendito poder. Tanto, que hasta le escribo a ella. ¡Y vaya paradoja!

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