martes, 10 de diciembre de 2013

VIENTOS DE AGUA


Julia Loyácono, inmigrante italiana radicada en nuestro país desde el año 1949,nos recibió en su casa y nos contó todos los detalles de su largo camino hasta aquí.




Son las dos en punto de una tarde de sábado soleada. Julia me recibe con una gran sonrisa. Habíamos pactado la entrevista con algo de anticipación, que le sirvió para esperarme con café recién hecho y la casa impecable. Todo brilla en su pequeño pero cómodo departamento. Cuesta creer que esa mujer, de paso lento por culpa de sus huesos cansados, pueda encargarse sola de que todo luzca y huela tan bien.

Antes de sentarnos me invita a conocer “sus rincones”. Primero su dormitorio. Allí, dos camas pequeñas, prolijamente tendidas, reemplazaron a la matrimonial de la que decidió desprenderse a poco tiempo de enviudar. Su relato denota nostalgia pero no tristeza. Hubiera querido encender el micrófono en ese instante pero no me atreví a interrumpir esa suerte de “visita guiada” por su hogar. Después, pasamos
al que fuese el dormitorio de su hija hasta que se casó y de su madre hasta que murió. Allí parece que el tiempo se hubiera detenido. Por alguna razón que estimo muy ligada a los recuerdos que Julia mantiene intactos, ese lugar tiene el aspecto de no haber cambiado en años. Ella me cuenta entonces de cómo Roxana, actualmente casada y madre de dos niños, estudiaba casi en silencio para no molestar al resto de la familia. Solo alguna emisión radial con poco volumen acompañaba esas noches de vigilia por exámenes. Y el café de Julia, ¡claro! Por último el living comedor. Un ambiente de pocas dimensiones pero con una armonía en su disposición que lo vuelve absolutamente confortable. Sus paredes resumen una historia de vida en retratos que me “presenta” de a uno y cuidadosamente. Sus padres, su hermano, su marido, su madre, su hija y sus nietos. Su vida completa cuelga de aquellos cuadros cuyos cristales brillan tanto como su sonrisa al mostrarlos.

Acabamos de recorrer más de ocho décadas en unos pocos minutos. Pero hay mucho más por descubrir. Julia me invita a sentarme. Ahora sí me permito encender el micrófono. Hora de café y de charla.


- “¿Estoy bien para la foto o querés que me cambie?” - ¡Estás hermosa, Julia!


P.- ¿En qué año viniste?

R.- En 1949.

P.- Y la ciudad dónde vivías se llama Nicótera (Ver recuadro 1) ¿es cierto?

R.- Sí. Nicótera, de la parte del sur de Italia.

P.- Contame cuáles fueron los motivos que te llevaron a venir a nuestro país.

R.- A mí y a mi mamá, porque yo no vine sola. Mi papá estaba acá. Había venido como todo italiano, por tres o cuatro años a trabajar. Y después según: si a él le iba bien, o veníamos nosotros o se volvía él para allá. Vino a probar, pero lo encerró la guerra (Ver recuadro 2).

Suena el teléfono. Suspendemos la charla. Julia atiende y mantiene un breve diálogo con otra "Julia" a quien le cuenta que soy estudiante de periodismo y que la estoy entrevistando. Entre risas la oigo decir: "No, en la tele no voy a salir, creo…", y me mira buscando respuesta a lo que ya se convirtió en interrogante también para ella. Le explico que no, pero me comprometo a llevarle copia de esta nota una vez terminada y corregida. Las "Julias" se despiden y continuamos con la encuesta, que se reanuda con una anécdota genial sobre "Julias" y viejas costumbres:


R.- Allá en Nicótera hay una fontana, una canilla en la calle (fuente), larga y tiene dos cabecitas de nenas, con muchas ondas y rulos. Nuestra madre decía que cuando ella estaba embarazada iba a juntar agua ahí y pensaba: "Ojalá tenga una nena con estos pelos", y yo creo que salí un poquitito como ella quería. (se arregla el cabello con los dedos). Y ésta, ahora (refiriéndose a quién llamó) quiere saber si esa fontana tiene algún significado, porque ella también vino de Italia. Ella se llama Julia Loyácono igual que yo. Es hija del hermano de mi papá. Y en Italia se acostumbra.... se acostumbraba, ahora no… Cuando fui esta vez, mi primo tenía cuatro hijas y ninguna se llamaba como la madre... la mayor, sí (se corrige). Pero entonces, la primera hija se tenía que llamar como la abuela (la madre del hombre), y después si venía otra nena, como la madre de ella. Así, ¡éramos siete Julias nosotras en la familia! En los casamientos (casi gritando): "Julia Viviana", que era yo; a la otra: "Julia, negrita, ¡vení!”... (Nos reímos).

P.- Entonces tu papá ¿había venido para probar suerte?

R.- Claro. Y tanto hablar de guerra que la guerra, finalmente empezó en el 40´. Y cuando fue la guerra, durante 7 años nosotros no supimos nada de mi papá. Ni él de nosotros. No había nada para la comunicación, no había barcos. Ahora, en cinco días mandás una carta y tenés respuesta. (me sorprende y me conmueve que Julia aún hable de cartas ¡en tiempos de afectos por e-mail!). Anteayer, por ejemplo, yo cumplí los años (no sabía ese dato así que aprovecho para saludarla, ¿Vos sabés cuántos me llamaron de allá? Yo tengo una prima con la que allá éramos como hermanas y entonces, me llamó primero el marido, porque no sabés lo que me quiere. Yo nunca me peleé con nadie. No soy de esas personas que tienen problemas... (se queda pensativa, como revisando su propia historia).

P.- Juli ¿en qué momento decidieron tu mamá y vos venirse para acá?

R.- Cuando terminó la guerra. En ese momento empezaron a volver algunos de allá. Pero mi papá no venía, casi ni nos conocía a nosotros. Después se levantó Italia, pero cuando nosotros nos fuimos había habido bombardeos, habían caído casas y entonces, a los que venían para acá mi papá les preguntaba cómo estaba Italia y ellos les decían que estaba mal y por eso mi papá no venía. Yo un día agarré y le escribí. Le puse: "si vos no querés o no podés venir, si a vos te gusta, iremos nosotros."

P.- ¿Y vos tenías la dirección exacta como para poder escribirle?

R.- Sí. Mi papá vivía en la calle Venezuela 2160. Cuando vinimos nosotros, también fuimos a vivir ahí. Y cuando yo me casé salí de esa casa. Cerca de la iglesia Santa Rosa, frente al Centro Gallego. En la otra cuadra, cerca de Belgrano. Era una casa hermosa donde vivíamos nosotros... Y entonces mi papá dijo que sí, que le enviemos las partidas de nacimiento. Creo que yo le escribí a mi papá en el mes de febrero y para septiembre vinimos. Vinimos en barco, se llamaba Santa Cruz. El viaje lo pagó mi papá desde acá y duró 22 días.

P. ¡Casi un mes arriba el barco! (Me sorprendo)

R.- Sí, pero era hermoso. No es que estábamos ahí abajo. Por un lado se comía. Había un comedor "como la gente", con mesitas. Nosotros éramos tres, porque el hermano de mi papá se quiso venir. Allá no tenía trabajo. Era más chico que mi papá y estaba casado, con dos chiquitos. Y entonces cuando mi papá se enteró que mi tío quería venir, más se convenció, así no veníamos solas. Mi mamá en aquella época, cuando viajamos tenía 41 años. ¡Mirá si no podía tener un hijo! Y mi papá ya no quiso, decía que ya tenían una hija grande.

P.- O sea que vos ¿sos hija única?

R.- No, tenía un hermano. Lo mató un coche, arriba de la vereda, allá en Italia. El de la foto que está ahí, en la pared.

P.- Así que 22 días arriba del barco. ¡Me parece un montón! (Realmente me sigue causando sorpresa)

R.- Sí. Íbamos todos los domingos a misa, porque venía el cura. Y el hospital del barco ¡no te digo nada! A mí, mi mamá me compró unas sandalias blancas para el viaje, porque acá hacía calor. De allá salimos el 10 de agosto y llegamos el 3 de septiembre. Allá era pleno verano. Y ahora allá se están “cagando” de frío. (por primera vez en la charla tiene una expresión ¡tan porteña!).

P.- Actualmente ¿tenés familia allá?

R.- Muy poca, porque ya se murieron todos. Tengo una tía política que era señora del hermano de mi papá. Tengo los hijos de los primos, tengo primos. Hace poco estuvo un primo que vino a todos lados, no se quería ir.

P.- Y vos, cuando llegaste ¿te adaptaste enseguida?

R.- ¡Sí! A los dos meses ya hablaba perfectamente. ¿Sabés por qué? Porque estaban los “chicos” de mi tía. Vivíamos en la misma casa. Había un comedor grande y aparte una pieza. Cuando nosotros vinimos teníamos una sola pieza. Después se vació y mi tía le dijo a mi papá que se la agarre. La verdad, vivíamos cómodos. Empecé a trabajar, en mi casa siempre. Aprendí a coser camisas. Yo sabía coser desde allá, pero allá era todo con hilván, todo prolijo. Yo vi a mi tía que cosía camisas, tenía la máquina industrial. Yo había traído la máquina a pedal, después me la compré y cuando me jubilé mi marido me la hizo vender, porque no me quería ver trabajar.

P.- Y a tu país ¿volviste de visita en alguna ocasión?

R.- Sí. En 1998 y me quedé tres meses. Me regaló todo un primo que, por desgracia, ahora se murió. Y él me decía que vaya otra vez. No me dejaba volver cuando fui.

P.- ¿Fue la única vez en todos estos años que volviste?

R.- Sí ¡pero me quedé tres meses! Justo cuando se casó Roxana mi primo me llamó por teléfono y me dijo: "Ahora, no tenés ninguna excusa de decir que se queda la chica sola, ahora que se casó, esperamos que venga de la luna de miel y después hablamos." Antonio se llamaba, le decíamos Totó. Y cuando Roxana volvió le dije que Totó me daba esa oportunidad, que yo de mi parte nunca iba a poder ir. Imaginate, con una pension... Con lo caro que es el pasaje, más alguna chuchería para cada uno. ¡Y me robaron en el viaje! Yo había llevado cantidad de cuadritos de los primos, el diario de las chicas adolescentes, hijas de mis primas, y me cortaron la valija. No sé si acá o allá. Porque cuando vos llegás a Ezeiza, por ejemplo, pesás las valijas y ya no las ves hasta que te bajás. Cuando me las dieron, me las habían cortado. Por desgracia no eran mías, me las había prestado mi prima, pero ya se las mandé a arreglar.

P.- Y el avión, tan diferente a aquel barco ¿te gustó?

R.- Sí, ¡parece mentira! Mirá, a las dos de la tarde despegó el avión, a la una de la tarde del día siguiente estábamos comiendo con ellos allá. Pensar que en el primer viaje fueron 22 días. En sábado embarcamos y en sábado bajamos.

P.- ¿Hay costumbres de tu país que hayas seguido teniendo acá, por ejemplo, comidas típicas?

R.- Sí, de todos modos, la comida era parecida. Fideos con estofado, tallarines... la pasta allá la comen todos los días. Yo cuando fui pensé que me iba a volver ¡con veinte kilos de más! Ellos acompañan las pastas con algo más: un bife o pescado. Allá se come mucho pescado, pero bien fresco. Vos ves como lo agarran y a la hora, ya está en la mesa. Y al final, cuando vine volví con seis kilos menos. Porque caminaba mucho. Íbamos todos los días al mar. La hija más chica de mi primo tenía veinte años en esa época. Ahora está casada, tiene un nene hermoso y trabaja en Milán.

P.- Vos te casaste acá y tuviste a tu hija acá, pero ¿en algún momento te arrepentiste de haber venido?

R.- No. (Con un NO ¡rotundo!) ¡Nunca! Siempre me sentí argentina. Cuando fui me gustó Italia pero tenía “esta cosa” para llegar. Yo le decía a mi primo que iba a ir solo por un mes. Y el me decía que no, porque todo el mundo allí me esperaba. Te lo juro que me quedé tres meses y no pude a conformar a todos los parientes. La señora de este primo que me mandó los pasajes, que viví en la casa de ellos, tenía una mercería y aparte vendía ropa para chicos, camisones grandes, pijamas para hombres, todo... tenía una tienda que "!Dios me libre!", y entonces un día vino una chica. Cuando la vi entrar me pareció que era de la familia, que era toda "la foto" de la madre. Y le preguntó a Úrsula si era cierto que tenía en su casa a una pariente que era prima de su mamá. Y Úrsula le aclaró que era prima en segunda, que mi papá era primo de su mamá. Y ella respondió que no importaba, que me quería conocer. (Describe con gestos la ansiedad de la muchacha). Ella era profesora de italiano y el marido era profesor de matemática. Ella trabajaba ahí, en el mismo pueblo y el marido viajaba a Valencia, todos los días, tenía una hora de viaje más o menos que no era tanto. Entonces preguntó cuándo me podía ver y Úrsula le dijo que yo estaba ahí. Yo le pregunté si era la hija de Caterina, porque era igual a su mamá, que ya había muerto. Y le dije que yo había estado con su mamá.

P.- Claro, para ellos también debía ser emocionante verte porque era un modo de conectarse con sus raíces.

R.- (Retomando la respuesta anterior) No, nunca me arrepentí. Y con mi marido que era argentino (y yo italiana), siempre nos entendimos. Nunca nos peleamos. ¡Nunca!

P.- ¿Cuántos años hace que enviudaste Julia?

R.- En el año 1990. Roxana tenía 18 años. Se había recibido de Perito Mercantil acá en Nuestra Señora de La Paz.

P.- ¿Y te mantenés informada de lo que pasa en tu país?

R.- Sí. Tenía un primo, hijo del hermano de mi mamá, que cuando murió mi marido vino. Con él nos criamos como hermanos. Entonces cuando murió mi marido... eso fue un 28 de agosto y él llegó acá el 27 de noviembre. Lo fui a buscar a Ezeiza y se quedó hasta navidad. No quiso pasar las fiestas porque el tenía cuatro hijas mujeres (todas profesionales), que le pedían que vuelva y que me lleve. "¡Porta Julia!", decían. Yo no quise ir en ese momento por no dejar a Roxana y a mi mamá que vivía conmigo. Cuando fui, todos me vinieron a buscar apenas bajé del avión, después me tenía que tomar un tren para ir hasta Calabria. Pero todos ellos tenían auto y se peleaban por llevarme.

P.- Y tu mamá ¿vivió con vos hasta que falleció?

R.- Primero yo me casé y me fui de la casa donde vivían mi mamá y mi papá y ellos quedaron en la casa. Yo vivía en Rincón y Alsina y después me mudé a este departamento cuando me lo dieron. Cuando yo me mudé acá, mi papá había fallecido pero mi mamá quería vivir sola. Había alquilado una casa linda con una cocina y un departamento. Cuando mi mamá se fue de ahí la dueña no quería que se vaya de tanto que se había encariñado con ella. Nosotros siempre fuimos buena gente Adriana. Mi mamá era una santa. Mi papá no se metía con nadie. Murió joven, tenía 67 años. Cuando murió mi marido me ofreció que mi mamá se viniera a vivir con nosotros porque ella vivía cerca del Spinetto y yo no podía ir todos los días. Mi marido no estaba en todo el día, trabajaba en la municipalidad, allá en Plaza de Mayo, siempre trabajó ahí. Para mí era una compañía también. A veces me quería ir a buscar a la nena al colegio. Entonces, mi marido la convenció. Pusimos dos camitas ahí (señala la habitación donde dormían su madre y su hija) y al final, cuando enviudé, me quedé con ella. Dos años más vivió mi mamá.

P.- Entonces Julia ¿vos lograste sentirte parte de este país?

R.- Sí. Yo me siento argentina.

P.- Y si pudieras volver en el tiempo y tomar nuevamente la decisión de venir ¿elegirías otra vez este país?

R.- ¡Sí! Más que tengo mi hija argentina, mi marido era argentino. Y yo, adonde fuera, nadie me creía que era italiana.

P.- Sin embargo la tonada la tenés.

R.- La tengo, pero la había perdido. La recuperé cuando me fui allá tres meses. Porque allá hablaban el italiano verdadero ahora, cuando estaba yo allá no. Solo para el colegio o algo así, sino, se hablaba el dialecto. El dialecto es bastante parecido al italiano verdadero. Yo estoy muy conforme con la Argentina. A mí me gusta. Y esta prima que llamó ahora me mata si llego a decir que me voy a Italia.

P.- La última pregunta Julia: ¿alguna vez sentiste que te discriminaron por ser inmigrante o que te culparan de ocupar trabajo?

R.- No, nunca. Siempre me han tratado muy bien, siempre primera yo para los parientes. Viste que algunos dicen: "¡tana de mierda!", pero no, a mí nunca me discriminaron. Mi papá solía decir "gringos", en el tiempo de antes, pero nada... Mi papá también estaba muy bien acá y de su familia casi todos vinieron, solo el más chico quedó allá. Porque él tenía todas las propiedades del padre después, que le compró a sus hermanos. Sus hijos son profesores, maestras jardineras... los parientes míos son todos profesionales. "¡Burros no tengo en la familia!". (Me regala esta última frase con una sonrisa que desborda orgullo.).




Me despedí de Julia sin ganas de irme. Me hubiera gustado explicarle lo que pienso de las fronteras. Que estas no son más que inventos demasiado humanos, pero que si los hombres entendieran que unos pocos (o muchos) trazos dibujados en mapas y planos no alcanzan para hacernos diferentes, entonces, otro sería el cuento. Que si algún día la palabra RAZA se hiciera más fuerte que gentilicios, idiomas, religiones o límites, el planeta sería un lugar mucho más agradable de habitar. Hubiera querido decirle también que, si realmente hay un suelo suyo y uno mío, es un verdadero orgullo que “mi” tierra sea pisada por gente como ella y su familia. Quizás, hasta hubiera querido adueñarme de palabras ajenas como las del gran Galeano para homenajear a su padre: “Si el intruso, el venido de afuera, es joven y pobre y no es blanco, está condenado a primera vista por indigencia o inclinación al caos o portación de piel. Pero si no es joven ni pobre, ni oscuro, de todos modos merece la malvenida porque ha venido a trabajar el doble a cambio de la mitad.” O las del reconocido Mario Vargas Llosa, para poder contarle como me gustaría que fuera la cosa: “… para quien, como yo, está convencido que la inmigración de cualquier color y sabor es una inyección de vida, energía y cultura y que los países deberían recibirla como una bendición.” Hubiera intentado decir mucho más de lo que dije de no ser por la convicción de que Julia lo sabía mejor que yo. Entonces, elegí agradecerle y abrazarla. Tampoco le confesé que mi charla con ella fue casi como una de aquellas tardes con mi abuela Marcelina. Pero lo fue.



RECUADRO 1

NICÓTERA



Es un municipio sito en el territorio de la provincia de Vibo Valentia, en Calabria, sur de Italia. Tiene una superficie de 32 km2. Su población según los datos del último censo (2007) es de 6.487 habitantes. Limita con los municipios de Candidoni, Joppolo, Limbardi, Rosamo y Spilinga. Sus mayores atracciones son sus fiestas tradicionales, como la de La Virgen Dell ´Assunta el 15 de agosto o la de las Vírgenes de Rosario o de San Francisco, ocasiones en las que tiene lugar una feria que años atrás solía ser grandiosa.


RECUADRO 2


“TANTO HABLAR DE GUERRA QUE LA GUERRA, FINALMENTE EMPEZÓ”




Los antecedentes de la Segunda Guerra Mundial fueron la llegada de Hitler al poder en Alemania (1933) y la campaña de expansión de Japón en Asia que, durante la década del 30¨ fue dominando territorios en China. Japón, Alemania e Italia formaron una alianza conocida como “Pacto tripartito” O “El Eje”. Estos países fueron invadiendo militarmente de manera expansiva, antes de 1939. Así, dominaron Etiopía, Albania, Austria, parte de Checoslovaquia y en 1937, Japón entró en guerra con China ocupando gran parte de sus territorios. A su vez, Alemania e Italia prestaron ayuda al bando franquista durante la guerra civil española entre 1936 y 1939, que terminó con un gobierno militar impuesto en España. En 1939 Alemania y La Unión Soviética efectuaron una alianza y se atacó Polonia sin aviso previo. Francia y Gran Bretaña declararon así, la guerra contra Alemania. En 1940 Hitler decide atacar Dinamarca y Noruega y lanza su ofensiva contra Francia. En Libia y Egipto, las fuerzas ítaloalemanas se enfrentan desde 1940 hasta 1943, con resultados cambiantes a los ingleses y sus aliados. Entre fines de 1940 Hungría, Bulgaria, Finlandia y Rumania se unen al eje. La Segunda Guerra Mundial, que duraría hasta 1945, estaba declarada.











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