sábado, 19 de abril de 2014
CREO
Hay días que te obligan a renovarte preguntas de esas que te hiciste tantas veces y que aún no respondiste. No por negación. No por huir de ellas. Simplemente, porque no admiten una sola respuesta. No hay una única y definitiva sentencia que las resuelva. Por el contrario, hay revisiones, hay dudas, hay réplicas y contrapartidas. Hoy, es uno de esos días. Vuelvo a preguntarme ¿creo en Dios?
Lo que me surge de manera espontánea y a priori es: NO.
No creo en un dios impuesto por instituciones que a lo largo de la humanidad han sido las protagonistas de las peores atrocidades a la que mi tierra, nuestra tierra, ha sido sometida.
No creo en un dios que cosecha la fe de sus creyentes a cambio de la promesa de una vida eterna y perfecta, mientras que estos soportan una estadía terrenal detestable con una sumisión que roza lo indigno.
No creo en un dios que se sirve del miedo a iras y a infiernos para enrolar seguidores en sus filas.
No creo en un dios de piedra, ni de bronce, ni de madera. No creo en un dios que se mide en cuentas de colgante. No creo en un dios dibujado en estampas para billetera.
No creo en un dios que necesite de templos bordados con oro como sede de prédica dedicada a fieles sin hogar.
No creo en bendiciones cotizadas en diezmos o en absoluciones prorrateadas con limosnas.
No creo en discursos que se jactan de sagrados por subirse a púlpitos o a altares diversos.
Definitivamente, no creo en dioses que deban escribirse con mayúsculas.
Pero tampoco creo en los NO definitivos. Y en función de la duda obligada, reviso y me permito la réplica.
Creo en el sublime detalle de respirar y recordar, segundo a segundo, qué tan vivos estamos.
Creo en soles que se imponen majestuosos aún en el invierno más crudo. En lluvias que se repiten y en lunas capaces de enamorarnos.
Creo en espermas y óvulos convertidos en milagro.
Creo en sonrisas que derriban muros. En besos que enloquecen. En palabras que abrazan. En canciones que sanan.
Creo en la capacidad de reinventarnos, de reescribir nuestra historia y de renacer tantas veces.
Creo en amores que desafían a la muerte y se vuelven eternos.
Creo en los cinco maravillosos sentidos por los que nos damos el lujo de percibir el mundo.
Aquí, entonces mi nueva respuesta: el dios en el que SÍ creo no necesita de mayúsculas, ni de altares ni de diezmos. Le alcanza con que abramos los ojos. Y el alma.
Por tu Dios y por mi dios, celebremos estas nuevas pascuas.
sábado, 29 de marzo de 2014
LEY DEL TALIÓN, VERSIÓN 2014
Yo corregiría la noticia. Yo diría: El miércoles 26 de marzo, David dejó de respirar. Pero, David había muerto mucho antes. Y también es equivocado afirmar que no están identificados los atacantes. Éstos son perfectamente identificables. Al margen de nombres y de huellas dactilares. Lejos de golpes de mayor o menor tenor. Sin distinción de gentilicios o clases socio-económicas. Los atacantes somos vos y yo. Es el de acá y el de más allá. Es el que se conmueve con la noticia y el que se regocija con ella. Por acto o por omisión, a David, lo matamos entre todos.
A David lo mató una sociedad que tiene un master en mirar para el costado. Lo mató la indiferencia a la que tuvo que sobrevivir durante 18 años. Pocos para tanta vida pendiente, eternos para soportar tremenda marginalidad. Lo mató la señora de doble apellido que renegó de que el Estado le diera una asignación a su madre, porque el Estado no está para mantener “vagos”, sino para subsidiar la incandescente iluminación de su country. Lo mató Doña Rosa sin apellido cuando hizo zapping y prefirió llenar su rutinario silencio con los gritos desgarradores de una mediática rubia ante su recién suicidado marido. Lo mató un Estado, ineficiente todavía, a la hora de achicar desigualdades. Lo mató un paupérrimo sistema educativo que lejos estuvo de insertarlo en un mercado laboral digno. Lo mató la mentira infame en la que vivió inmerso desde sus años tempranos: “sos si tenés". Lo mataron las zapatillas, el celular o la tablet que debía lograr para existir. Porque eso le inculcamos desde siempre. Si hasta para entrar a un boliche nos encargamos de recordarle que los “David” como él están sujetos al derecho de admisión de los que sí tenemos zapatillas, celular y tablet. David no se murió el día que sintió que robar era su única manera de “alcanzarnos”. Comenzamos a matarlo mucho antes. Lo golpeamos una y otra vez con nuestra mirada esquiva, con el desprecio y con el silencio cómplice. Lo lapidamos en cada “trapito” al que le cerramos la ventanilla por temor y por asco. Lo apedreamos en cada cartonero al que miramos de reojo. Lo atacamos con nuestros periodistas jueces y nuestros jueces ineficaces. Con nuestro egoísmo y con nuestras miserias. Con nuestra incapacidad de entender que la línea entre víctima y victimario es mucho más delgada e indefinida de lo que creemos. Y que hay dolores demasiado profundos a ambos lados de la moneda.
Hoy, esta sociedad que presume de sus zapatillas, celulares y tablets involucionó 2000 años. Y ahí estamos, vos y yo, cobrándole a David ojos y dientes sin piedad. David ya pagó su deuda, prorrateada durante 18 años con intereses atroces. Ahora, nos toca pagar a nosotros. Con nuestra conciencia.
”Ojo por ojo y el mundo acabará ciego.” – Mahatma Ghandi
lunes, 10 de marzo de 2014
FIESTA DE LA COSECHA
Algunos marzos pasados me encontraban más renegada de fechas y aniversarios. Suelo serlo, aún de los que me impone mi propio calendario. Sin embargo, crecer, implica revisar ciertas estructuras que uno lleva puestas casi por inercia, pero que van perdiendo sentido si se las revisa. O, lo que es mejor, van recobrándolo.
Aún inmersa en la rutina de un día como todos me permití aceptar y disfrutar que no fuera un día como todos. Me desvestí de latiguillos gastados y estrené, presumida, todo el ajuar de afecto que me regalaron. No dejé prenda por probarme. Me puse cada abrazo, cada llamado, cada mensaje, cada escrito, cada palabrita, cada regalo, cada mirada… todo me lo eché encima sin prejuicio alguno y descubrí que, si de amor se trata, nunca nada sobra.
Aprendí también que: algunas distancias pueden ser burladas de manera infame y que los kilómetros se vuelven un detalle cuando las ganas les ganan; que hay objetos materiales que cobran vida cuando sólo aquellos que te conocen casi más que vos mismo pueden adivinar la sonrisa que te dibujarán al convertirse en obsequios; que no importa cuántas veces te hayan dicho que te quieren esos que te quieren porque uno puede empacharse de todo menos de “te quieros". Aprendí, más que nunca, que no hay mejor superávit que el del aprecio sincero.
La Fiesta de la Cosecha, que se realiza desde la época pagana para dar gracias a los dioses por los alimentos recibidos de la cosecha -que garantizaba durante un año el alimento- hace de esta celebración una de las más longevas de la humanidad. Si el afecto que uno recibe es proporcional al que siembra y nos dota de la energía necesaria para transitar otro año, sin dudas, hoy fue mi gran día de cosecha. Estreno luna. Y este nuevo 10 de marzo fue de verdadera fiesta.
¡GRACIAS! Con mayúsculas, en un vano intento de poner mi alma de este lunes en palabras.
martes, 7 de enero de 2014
MUSAS EN CONDICIONAL
Debería aferrarme a mi nostalgia crónica y permitirle adueñarse de este tedioso blanco.
Debería alcanzarme este paisaje de verano mentiroso y la lluvia en mi ventana.
Debería aturdirme del silencio reinante hasta que estalle en vocablos ruidosos y soberbios.
Debería revisar mi historial de desamores y resucitar tristezas para que valgan la pena.
Debería asaltar mi biblioteca y empacharme de prosas hasta vomitar palabras.
Debería revolcarme en mi pasado en sepia, en mis recuerdos gastados y en mi mochila de ayeres.
Debería recordar que casi siempre es domingo, más allá de qué tan martes me mientan los calendarios.
Debería acudir a canciones y a poesías con las que jugué a ser la que no seré nunca.
Deberían bastarne mi luna de marzo, mi sahumerio de vainilla, mi Sabina y mi gato. Los odiosos espejos de los que suelo huir. El tabaco que me falta. Las ausencias que me sobran. Los “sin embargo” y los “viceversa” en los que redundo adrede. Mi tozudez de siempre. Mi urgencia de decir.
Debería lograr, aunque sea por ganas, un escrito sublime.
Pero los condicionales tienen la maldita costumbre de morirse en el intento. Y hasta el más superlativo de los deseos les queda siempre ajustado.
Será que, incluso a las musas, se les gastan las alas.
domingo, 5 de enero de 2014
DE MELCHORES, GASPARES Y BALTASARES
Los cuentos religiosos en los que no creo suelen molestarme porque detesto la mentira en todas sus formas y así los considero: mentiras creadas para muchos en función de viles intereses de los pocos de siempre. Aquellos que han puesto (y siguen poniendo) sociedades enteras a su merced. Aquellos que venden redenciones, que prorratean indulgencias y que rematan estadías en el paraíso a sumisos terrenales que en pos de asegurarse un futuro y eterno mejor pasar, resignan esta, su vida terrenal, a algo que difícilmente pueda presumir de serlo.
Sin embargo y planteada ya mi postura ante los relatos divinos, me declaro absolutamente vulnerable a algunos de ellos. La llegada de los Reyes abre un paréntesis en mi mirada agnóstica, casi atea de mi presente. Por algún motivo que aún no alcanzo a revisar en mi enmarañada psiquis, los tres hombrecitos en camino a Belén me despiertan una ternura difícil de explicar pero que, de puro terca, pretendo poner en palabras. Será porque, a diferencia y en gran contraste con muchos de los personajes bíblicos, la misión de estos fue celebrar la vida. Y no es un dato menor teniendo en cuenta la supuesta existencia de monstruos como el tal Herodes. Será porque los guiaba una estrella y para una pisciana, eternamente perdida entre lunas y otras yerbas celestiales, eso tiene su punto. Será por que su camino se me ocurre caprichosamente hippie. Si pienso en el gordo de traje rojo, infiltrado de manera infame en navidades que se pretenden religiosas, montado en su suntuoso trineo a renos de fuerza y luciendo su vil panza "cocacolense", definitivamente me quedo con el morocho y sus dos cuates a bordo de sus flacos camellos y con sus bolsos de mirra e incienso a cuestas.Tanto que hasta puedo pasar por alto sus coronas. Será, si no es por todo lo dicho, simplemente porque son magos. Y la magia, después de todo, es magia siempre.
El caso es que, aún con todo mi declarado escepticismo, cada 5 de enero vuelvo a tener 6 años. Vuelvo a mis noches de vigilia y de sueño obligado. Vuelvo a escurrirme de la cama para espiar mis zapatos, una, diez, cien veces. Vuelvo a la odiosa orden de mamá: ¡DORMÍ! Vuelvo a la plaza de Pompeya y la tía Marita ayudándome a juntar pasto. Vuelvo a mi futura tristeza por saber lo que significaba para el presupuesto de mis padres cada preciado tesoro que intentaba conformar mis pedidos escritos en ese pedacito de papel al pie del árbol. Vuelvo a mi hermano Pablo y a mi prima Soni compartiendo conmigo esta aventura gigante para nuestra perspectiva tan pequeña. Vuelvo a escribir mi carta y a pedir, además de los juguetes que nunca fueron los que esperé pero no por eso menos maravillosos, porque todos los niños del mundo sonrían, al menos, ese día. Vuelvo a mis trenzas y a mis tardes de caramelos y rodillas sucias. Vuelvo a mi primera bicicleta, capaz de llevarme al cielo. Vuelvo a mis rayuelas que consagré eternas, después, en mi libro de Cortázar. Vuelvo a mi niña. A la que defiendo a ultranza de presentes adultos. Vuelvo a mi estrella de Belén aún cuando Belén esté tan lejos de los relatos que elijo comprar. Vuelvo a quien fui, para seguir siendo. Y me aferro a la nostalgia de algunas mentiras que no le sientan tan mal al universo después de todo.
Será que este 5 de enero es demasiado domingo.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)









