lunes, 16 de julio de 2012

CUANDO SEA GRANDE QUIERO SER NIÑA...



Hoy descubrí cuánta nostalgia me provocan las vacaciones de invierno. En realidad, cualquier circunstancia me deja a la vuelta de la nostalgia y esta no será excepción. Así que, lejos de rebelarme contra mí, aquí estoy una vez más, buscándome en los recuerdos que tengo de aquellos días.


Las últimas vacaciones de invierno que viví como tales fueron las de mis tiempos de estudiante. Son pocos los que conservan, en la adultez, el privilegio de seguir adueñándose de este término en su sentido literal. Después las he tenido prestadas, de la mano de mi hijo o de mis alumnos. Pero mías, realmente mías, solo aquellas en las que el uniforme era mi atuendo más frecuente y el reloj apuraba solo para las tareas escolares.

Por alguna razón los días previos solían tener una cuota de adrenalina mayor a esas dos semanas en sí mismas, como si el simple hecho de planear lo que vendría tenía el poder de convertirse, ya, en un auténtico plan. Y cuando hablo de planes no lo digo en gran escala. Los shoppings plagados de espectáculos o las mega producciones teatrales no eran características de mis tiempos de “vacacionante”. Sin embargo, una merienda compartida con compañeros del cole podía constituirse en el mejor de los programas. Porque una cosa era verse a diario en medio de útiles y corbatas, con la seño pactando toda actividad y limitando charlas y otra, muy distinta, era encontrarse alrededor de tazas de chocolate, montañas de galletitas y presumiendo con la pollera escocesa de tablitas que solo te permitían para ocasiones especiales. Si eso se potenciaba con lo eterno que, por aquellos tiempos, podían parecernos dos días sin vernos, ¡vaya que se convertía en un plan!

He elegido aquí un punto aparte. Aunque dudo que la determinación de un apartado extra en la redacción pueda darle a esta parte del relato la dimensión que se merece. A veces, las musas no alcanzan ni aunque vengan en manada. Porque convertir los sentimientos en palabras es privilegio de pocos y es, en ocasiones como estas, cuando no suelo considerarme de la partida. Pero como soy más caprichosa que inspirada, nada me impedirá contarles sobre “el día elegido”. Había, en medio de aquellas dos semanas, una jornada especial. Desde la perspectiva de los adultos esto se resumía a los avatares de la economía cotidiana que, lejos de reparar en receso invernal alguno, imponía un gasto extra difícil de absorber. Pero desde nuestra mirada infantil, ese día era simplemente mágico. Desde los debates que ponían la Carpa de Carlitos Balá, el cine Rivas o el Italpark en la cima de opciones a elegir, hasta la posible porción de pizza en La Continental si la cuenta cerraba al fin del paseo, todo prometía sabor a maravilla. Si hubiera entendido por aquellas épocas el sacrificio que significaban para mis padres esas tres estadías en el paraíso, creo que la experiencia hubiera alcanzado la categoría de milagro. Pero apenas si mis hermanos y yo podíamos hacernos cargo de tanta adrenalina como para detenernos en los sufridos bolsillos de nuestros progenitores. Hoy sé que no me alcanzará la vida para agradecerles aquellos paseos por la felicidad.


En mis vacaciones prestadas, de la mano de mi hijo, he podido recorrer los shoppings plagados de espectáculos y visitar esas mega producciones de las que hablaba al principio. Yo sí he tenido la chance de hacerlo. Mi economía, un tanto más relajada que la de mis padres, me ha dado esa posibilidad. Sin dudas lo hemos disfrutado. Pero sé bien que ni el más talentoso de los Teen Angels pudo despertar en Facundo la fascinación que yo sentí la primera vez que estuve a veinte butacas del señor de flequillo que sacudía a su perro invisible al grito de “Angueto quedate quieto” (¡puedo jurar que, a pesar de lo invisible, yo lo vi!). Ni la más feliz de las cajitas felices pudo hacerlo tan feliz como a mí, aquella porción de muzzarella en La Continental. Seguramente él también recordará en su adultez sus vacaciones de invierno, pero dudo que necesite un apartado extra para contar sobre su “día elegido” ni que le urja que un millón de musas lo asistan para escribir acerca de eso.

Para los de mi tiempo, para los que pudieron entender de que va este relato, un gran gestito de idea y que la vida siempre les vaya un kilo y dos pancitos…

2 comentarios:

  1. Un kilo y dos pancitos, un poco de Cheeeeeeeeee!más un patapúfete sonoro es cóctel indispensable para infancia-que-brilla-en-cuerpo-adulto.
    ¡Qué espectacular el recuerdo!¡Qué bueno vivir otras infancias con los hijos! (Y, de paso, vacacionar a la nuestra).

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  2. Infancia-que-brilla-en-cuerpo-adulto: de lo mejor que me han dicho... ¡Gracias Profe!

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