Quién hubiera dicho que, a mis 43 marzos, yo volvería a ser alumna, que iba a recorrer una vez más los pasillos de esta institución en calidad de estudiante. Ni yo lo imaginaba, o sí, el caso es que aquí estoy, animándome a diario a este déjà vu, al transitar este espacio como alguna vez lo hice. Hoy, sin el uniforme que sellaba mi rol de estudiante y con más arrugas, menos ruidosa y más cauta, con la ventaja que dan los años de mirar todo desde otra perspectiva; pero con la misma avidez de conocimientos de aquellos tiempos. Sin embargo, hay algo que se vuelve inevitable cada vez que cruzo la puerta del cole: que me invadan las imágenes de aquel espacio donde transcurrió gran parte de mi infancia y adolescencia.
Para darles una primera impresión de cómo lucía el colegio por aquellos tiempos, basta con mencionar que lo llamaban: “El gran Chaparral”. Allí donde hoy se levanta un imponente gimnasio, provisto de tribunas y ventanales majestuosos, se erguía un endeble tinglado de chapas, que se me ocurría dispuesto a volar con la más leve de las tormentas… dicho esto debo aclarar que, más allá de mi fantasía sobre él, sobrevivió estoicamente a todos y cada uno de los temporales , a los soles más radiantes y, lo que no es poco, a millones de travesuras, sabiendo albergar así, interminables horas de gimnasia, maravillosos recreos, centenares de “manchas y escondidas” y no menos cantidad de actos patrios. Evidentemente, lo de endeble no era más que una visión netamente inocente que yo tenía de aquella estructura.
Las aulas eran, en su mayoría, vagones de trenes en desuso, lo que convertía aquellos salones en una novedad absoluta. No había entre mis amigos, que asistían a otros establecimientos, ninguno que tuviera clases dentro de un viejo vagón. El privilegio de sentirse exclusivo cuando uno es niño no se compara con nada. Las aulas que, en cambio, habían trascendido la categoría de vagón, tenían paredes frágiles en aspecto, construidas con una especie de cartón prensado, difícil de imaginar en estos tiempos. Y sus pisos de madera, que soportaban a diario nuestras embestidas, solían contar con algunos tablones menos al término de cada año.
La galería se alzaba colmada de árboles, en su mayoría de copas verdes aunque no faltaban los que teñían los recreos de violeta o celeste y de perfumes que aún permanecen en mi memoria. Y había uno que sobresalía imponente entre la gran arboleda. El se sabía rey entre nosotros y entre sus pares, ¡y se erguía como tal! Ningún intento de violeta estridente o de perfume a azahares pudo jamás con la magia del árbol de nísperos. Porque más allá de cualquier color o fragancia, él contaba con un tesoro que ninguna de las otras plantaciones podía proveernos: ¡tenía frutos! Frutos que nos invitaban en cada recreo a la maravillosa aventura de hacernos del más grande o el más carnoso. Frutos de los cuales poco nos importaba el gusto o el olor, porque rara vez los comíamos; el verdadero sabor era la sana competencia que llenaba esos ratitos en que el timbre tenía sonido a libertad absoluta. Ningún níspero que podamos haber comido en la adultez superó el sabor de aquellos robados al árbol del cole (en lo personal, confieso que nunca he vuelto a probar uno).
Puedo recordar también nuestro improvisado “buffet”: un kiosquito pequeño, ubicado donde hoy está la parroquia, que no era más que una habitación diminuta en la que podíamos encontrar el más preciado manjar de un recreo: ¡PANCHOS! Tampoco forman parte de mi dieta habitual, reducida en su mayoría a ensaladas a fuerza de evitar calorías, pero debo reconocer que en aquel contexto, ¡sabían de maravillas! A su lado, estaban los baños, que apenas contaban con letrinas. Más tarde, cuando finalmente tuvimos inodoros, ¡sentimos que habíamos alcanzado el primer mundo!
Y la casa de Teresa (por aquel entonces, la casera del colegio). Ahh… la inolvidable casa de Teresa, inundada siempre de un incomparable perfume a matecocido recién hecho que convertía nuestras mañanas frías en fiestas absolutas de pan y tazas humeando.
Por último, la entrada (y curiosamente debería haber empezado por aquí), con un Sagrado Corazón de casi dos metros, de colores brillantes y con sus brazos abiertos, como regalándonos siempre un abrazo de bienvenida. Hoy, la entrada se impone en otra ubicación, con letras por demás elegantes y rejas prolijamente dispuestas. Y el Cristo se vistió de blanco en aquel rinconcito que alguna vez fue nuestra puerta al saber.
Sin dudas, la escuela ha cambiado notoriamente con los años… O me corrijo, el edificio ha cambiado, pero cada día cuando entro, se los aseguro, puedo sentir aquel perfume a nísperos y azahares y la niña que fui, vuelve a vivir, en ese abrazo de bienvenida.


Hermoso texto, Adriana!! Te felicito, me gusta mucho cómo escribís y LO que escribís. Mucho talento para transmitir sensaciones, sin dudas. ¡Gracias por compartir estos recuerdos!
ResponderEliminar¡Gracias a vos, por leerme Profe!
ResponderEliminarMucha melancolía para mi gusto, pero exquisito texto para hacer que cada uno que lo lea vuelva a recordar su niñez escolar!!!
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