LA ESCAFANDRA Y LA MARIPOSA
sábado, 19 de abril de 2014
CREO
Hay días que te obligan a renovarte preguntas de esas que te hiciste tantas veces y que aún no respondiste. No por negación. No por huir de ellas. Simplemente, porque no admiten una sola respuesta. No hay una única y definitiva sentencia que las resuelva. Por el contrario, hay revisiones, hay dudas, hay réplicas y contrapartidas. Hoy, es uno de esos días. Vuelvo a preguntarme ¿creo en Dios?
Lo que me surge de manera espontánea y a priori es: NO.
No creo en un dios impuesto por instituciones que a lo largo de la humanidad han sido las protagonistas de las peores atrocidades a la que mi tierra, nuestra tierra, ha sido sometida.
No creo en un dios que cosecha la fe de sus creyentes a cambio de la promesa de una vida eterna y perfecta, mientras que estos soportan una estadía terrenal detestable con una sumisión que roza lo indigno.
No creo en un dios que se sirve del miedo a iras y a infiernos para enrolar seguidores en sus filas.
No creo en un dios de piedra, ni de bronce, ni de madera. No creo en un dios que se mide en cuentas de colgante. No creo en un dios dibujado en estampas para billetera.
No creo en un dios que necesite de templos bordados con oro como sede de prédica dedicada a fieles sin hogar.
No creo en bendiciones cotizadas en diezmos o en absoluciones prorrateadas con limosnas.
No creo en discursos que se jactan de sagrados por subirse a púlpitos o a altares diversos.
Definitivamente, no creo en dioses que deban escribirse con mayúsculas.
Pero tampoco creo en los NO definitivos. Y en función de la duda obligada, reviso y me permito la réplica.
Creo en el sublime detalle de respirar y recordar, segundo a segundo, qué tan vivos estamos.
Creo en soles que se imponen majestuosos aún en el invierno más crudo. En lluvias que se repiten y en lunas capaces de enamorarnos.
Creo en espermas y óvulos convertidos en milagro.
Creo en sonrisas que derriban muros. En besos que enloquecen. En palabras que abrazan. En canciones que sanan.
Creo en la capacidad de reinventarnos, de reescribir nuestra historia y de renacer tantas veces.
Creo en amores que desafían a la muerte y se vuelven eternos.
Creo en los cinco maravillosos sentidos por los que nos damos el lujo de percibir el mundo.
Aquí, entonces mi nueva respuesta: el dios en el que SÍ creo no necesita de mayúsculas, ni de altares ni de diezmos. Le alcanza con que abramos los ojos. Y el alma.
Por tu Dios y por mi dios, celebremos estas nuevas pascuas.
sábado, 29 de marzo de 2014
LEY DEL TALIÓN, VERSIÓN 2014
Yo corregiría la noticia. Yo diría: El miércoles 26 de marzo, David dejó de respirar. Pero, David había muerto mucho antes. Y también es equivocado afirmar que no están identificados los atacantes. Éstos son perfectamente identificables. Al margen de nombres y de huellas dactilares. Lejos de golpes de mayor o menor tenor. Sin distinción de gentilicios o clases socio-económicas. Los atacantes somos vos y yo. Es el de acá y el de más allá. Es el que se conmueve con la noticia y el que se regocija con ella. Por acto o por omisión, a David, lo matamos entre todos.
A David lo mató una sociedad que tiene un master en mirar para el costado. Lo mató la indiferencia a la que tuvo que sobrevivir durante 18 años. Pocos para tanta vida pendiente, eternos para soportar tremenda marginalidad. Lo mató la señora de doble apellido que renegó de que el Estado le diera una asignación a su madre, porque el Estado no está para mantener “vagos”, sino para subsidiar la incandescente iluminación de su country. Lo mató Doña Rosa sin apellido cuando hizo zapping y prefirió llenar su rutinario silencio con los gritos desgarradores de una mediática rubia ante su recién suicidado marido. Lo mató un Estado, ineficiente todavía, a la hora de achicar desigualdades. Lo mató un paupérrimo sistema educativo que lejos estuvo de insertarlo en un mercado laboral digno. Lo mató la mentira infame en la que vivió inmerso desde sus años tempranos: “sos si tenés". Lo mataron las zapatillas, el celular o la tablet que debía lograr para existir. Porque eso le inculcamos desde siempre. Si hasta para entrar a un boliche nos encargamos de recordarle que los “David” como él están sujetos al derecho de admisión de los que sí tenemos zapatillas, celular y tablet. David no se murió el día que sintió que robar era su única manera de “alcanzarnos”. Comenzamos a matarlo mucho antes. Lo golpeamos una y otra vez con nuestra mirada esquiva, con el desprecio y con el silencio cómplice. Lo lapidamos en cada “trapito” al que le cerramos la ventanilla por temor y por asco. Lo apedreamos en cada cartonero al que miramos de reojo. Lo atacamos con nuestros periodistas jueces y nuestros jueces ineficaces. Con nuestro egoísmo y con nuestras miserias. Con nuestra incapacidad de entender que la línea entre víctima y victimario es mucho más delgada e indefinida de lo que creemos. Y que hay dolores demasiado profundos a ambos lados de la moneda.
Hoy, esta sociedad que presume de sus zapatillas, celulares y tablets involucionó 2000 años. Y ahí estamos, vos y yo, cobrándole a David ojos y dientes sin piedad. David ya pagó su deuda, prorrateada durante 18 años con intereses atroces. Ahora, nos toca pagar a nosotros. Con nuestra conciencia.
”Ojo por ojo y el mundo acabará ciego.” – Mahatma Ghandi
lunes, 10 de marzo de 2014
FIESTA DE LA COSECHA
Algunos marzos pasados me encontraban más renegada de fechas y aniversarios. Suelo serlo, aún de los que me impone mi propio calendario. Sin embargo, crecer, implica revisar ciertas estructuras que uno lleva puestas casi por inercia, pero que van perdiendo sentido si se las revisa. O, lo que es mejor, van recobrándolo.
Aún inmersa en la rutina de un día como todos me permití aceptar y disfrutar que no fuera un día como todos. Me desvestí de latiguillos gastados y estrené, presumida, todo el ajuar de afecto que me regalaron. No dejé prenda por probarme. Me puse cada abrazo, cada llamado, cada mensaje, cada escrito, cada palabrita, cada regalo, cada mirada… todo me lo eché encima sin prejuicio alguno y descubrí que, si de amor se trata, nunca nada sobra.
Aprendí también que: algunas distancias pueden ser burladas de manera infame y que los kilómetros se vuelven un detalle cuando las ganas les ganan; que hay objetos materiales que cobran vida cuando sólo aquellos que te conocen casi más que vos mismo pueden adivinar la sonrisa que te dibujarán al convertirse en obsequios; que no importa cuántas veces te hayan dicho que te quieren esos que te quieren porque uno puede empacharse de todo menos de “te quieros". Aprendí, más que nunca, que no hay mejor superávit que el del aprecio sincero.
La Fiesta de la Cosecha, que se realiza desde la época pagana para dar gracias a los dioses por los alimentos recibidos de la cosecha -que garantizaba durante un año el alimento- hace de esta celebración una de las más longevas de la humanidad. Si el afecto que uno recibe es proporcional al que siembra y nos dota de la energía necesaria para transitar otro año, sin dudas, hoy fue mi gran día de cosecha. Estreno luna. Y este nuevo 10 de marzo fue de verdadera fiesta.
¡GRACIAS! Con mayúsculas, en un vano intento de poner mi alma de este lunes en palabras.
martes, 7 de enero de 2014
MUSAS EN CONDICIONAL
Debería aferrarme a mi nostalgia crónica y permitirle adueñarse de este tedioso blanco.
Debería alcanzarme este paisaje de verano mentiroso y la lluvia en mi ventana.
Debería aturdirme del silencio reinante hasta que estalle en vocablos ruidosos y soberbios.
Debería revisar mi historial de desamores y resucitar tristezas para que valgan la pena.
Debería asaltar mi biblioteca y empacharme de prosas hasta vomitar palabras.
Debería revolcarme en mi pasado en sepia, en mis recuerdos gastados y en mi mochila de ayeres.
Debería recordar que casi siempre es domingo, más allá de qué tan martes me mientan los calendarios.
Debería acudir a canciones y a poesías con las que jugué a ser la que no seré nunca.
Deberían bastarne mi luna de marzo, mi sahumerio de vainilla, mi Sabina y mi gato. Los odiosos espejos de los que suelo huir. El tabaco que me falta. Las ausencias que me sobran. Los “sin embargo” y los “viceversa” en los que redundo adrede. Mi tozudez de siempre. Mi urgencia de decir.
Debería lograr, aunque sea por ganas, un escrito sublime.
Pero los condicionales tienen la maldita costumbre de morirse en el intento. Y hasta el más superlativo de los deseos les queda siempre ajustado.
Será que, incluso a las musas, se les gastan las alas.
domingo, 5 de enero de 2014
DE MELCHORES, GASPARES Y BALTASARES
Los cuentos religiosos en los que no creo suelen molestarme porque detesto la mentira en todas sus formas y así los considero: mentiras creadas para muchos en función de viles intereses de los pocos de siempre. Aquellos que han puesto (y siguen poniendo) sociedades enteras a su merced. Aquellos que venden redenciones, que prorratean indulgencias y que rematan estadías en el paraíso a sumisos terrenales que en pos de asegurarse un futuro y eterno mejor pasar, resignan esta, su vida terrenal, a algo que difícilmente pueda presumir de serlo.
Sin embargo y planteada ya mi postura ante los relatos divinos, me declaro absolutamente vulnerable a algunos de ellos. La llegada de los Reyes abre un paréntesis en mi mirada agnóstica, casi atea de mi presente. Por algún motivo que aún no alcanzo a revisar en mi enmarañada psiquis, los tres hombrecitos en camino a Belén me despiertan una ternura difícil de explicar pero que, de puro terca, pretendo poner en palabras. Será porque, a diferencia y en gran contraste con muchos de los personajes bíblicos, la misión de estos fue celebrar la vida. Y no es un dato menor teniendo en cuenta la supuesta existencia de monstruos como el tal Herodes. Será porque los guiaba una estrella y para una pisciana, eternamente perdida entre lunas y otras yerbas celestiales, eso tiene su punto. Será por que su camino se me ocurre caprichosamente hippie. Si pienso en el gordo de traje rojo, infiltrado de manera infame en navidades que se pretenden religiosas, montado en su suntuoso trineo a renos de fuerza y luciendo su vil panza "cocacolense", definitivamente me quedo con el morocho y sus dos cuates a bordo de sus flacos camellos y con sus bolsos de mirra e incienso a cuestas.Tanto que hasta puedo pasar por alto sus coronas. Será, si no es por todo lo dicho, simplemente porque son magos. Y la magia, después de todo, es magia siempre.
El caso es que, aún con todo mi declarado escepticismo, cada 5 de enero vuelvo a tener 6 años. Vuelvo a mis noches de vigilia y de sueño obligado. Vuelvo a escurrirme de la cama para espiar mis zapatos, una, diez, cien veces. Vuelvo a la odiosa orden de mamá: ¡DORMÍ! Vuelvo a la plaza de Pompeya y la tía Marita ayudándome a juntar pasto. Vuelvo a mi futura tristeza por saber lo que significaba para el presupuesto de mis padres cada preciado tesoro que intentaba conformar mis pedidos escritos en ese pedacito de papel al pie del árbol. Vuelvo a mi hermano Pablo y a mi prima Soni compartiendo conmigo esta aventura gigante para nuestra perspectiva tan pequeña. Vuelvo a escribir mi carta y a pedir, además de los juguetes que nunca fueron los que esperé pero no por eso menos maravillosos, porque todos los niños del mundo sonrían, al menos, ese día. Vuelvo a mis trenzas y a mis tardes de caramelos y rodillas sucias. Vuelvo a mi primera bicicleta, capaz de llevarme al cielo. Vuelvo a mis rayuelas que consagré eternas, después, en mi libro de Cortázar. Vuelvo a mi niña. A la que defiendo a ultranza de presentes adultos. Vuelvo a mi estrella de Belén aún cuando Belén esté tan lejos de los relatos que elijo comprar. Vuelvo a quien fui, para seguir siendo. Y me aferro a la nostalgia de algunas mentiras que no le sientan tan mal al universo después de todo.
Será que este 5 de enero es demasiado domingo.
miércoles, 25 de diciembre de 2013
ALEA IACTA EST
"Frente al río Rubicón, límite entre Italia y la Galia, después de haber conquistado esta última se encontraba Julio César cuando mencionó esta frase. Sabía que cruzando el río daba comienzo a la guerra civil en Roma, contra Pompeyo y la autoridad del Senado.
Hay varias versiones de la historia y la frase: "La suerte esté echada", "Echad la suerte", "Los datos están echados, esperemos ahora la suerte". Pero en cualquier caso, el mensaje es el mismo. Julio César sabía que el cruce del río por su ejército era un punto de no retorno y la suerte estaba echada a partir de aquel momento.
Actualmente se utiliza esta frase para indicar exactamente esta idea, la suerte está echada, ya no queda más remedio...
EL día que Sandra, amigas de esas que todos deberían tener, me ofreció una beca para retomar mis estudios, fue como estar parada ante el Rubicón. Yo sabía que aceptar era cruzar, definitivamente, el río de mis temores. El de mis sueños postergados, el de tanta asignatura pendiente. Crucé.
Hoy rendí el sexto final de ocho materias cursadas durante el año (febrero me aguarda con las otras dos mesas listas). Hoy pasé a lo que será el tercer año de mi carrera. Hoy superé la mitad del camino. Falta, pero mucho menos. Hoy me demostré, en especial a mí, cómo y cuánto puedo. Hoy me quedé largo rato observando esa libreta en la que los números poco alcanzan a decir. Porque los números no hablan de ganas, ni de batallas ni de emociones. Los números vuelan bajito, pero yo puedo jurar que esa libreta tiene alas.
Diciembre nos obliga a poner pausa. A revisar. A respirar hondo. A chequear hacia atrás. A mirar hacia adelante. Y a hacer balances. Ahí va el mío: sumé afectos, asignaturas y logros. Desconté temores y tabaco. ¡Superavit! Hora de sonrisas y de brindis. Y de abrazos, reales y virtuales, con todos aquellos que me acompañan en el recorrido. No sería posible de otro modo.
Atrás quedó el Rubicón.
¡ALEA IACTA EST!
martes, 10 de diciembre de 2013
VIENTOS DE AGUA
Julia Loyácono, inmigrante italiana radicada en nuestro país desde el año 1949,nos recibió en su casa y nos contó todos los detalles de su largo camino hasta aquí.
Son las dos en punto de una tarde de sábado soleada. Julia me recibe con una gran sonrisa. Habíamos pactado la entrevista con algo de anticipación, que le sirvió para esperarme con café recién hecho y la casa impecable. Todo brilla en su pequeño pero cómodo departamento. Cuesta creer que esa mujer, de paso lento por culpa de sus huesos cansados, pueda encargarse sola de que todo luzca y huela tan bien.
Antes de sentarnos me invita a conocer “sus rincones”. Primero su dormitorio. Allí, dos camas pequeñas, prolijamente tendidas, reemplazaron a la matrimonial de la que decidió desprenderse a poco tiempo de enviudar. Su relato denota nostalgia pero no tristeza. Hubiera querido encender el micrófono en ese instante pero no me atreví a interrumpir esa suerte de “visita guiada” por su hogar. Después, pasamos
al que fuese el dormitorio de su hija hasta que se casó y de su madre hasta que murió. Allí parece que el tiempo se hubiera detenido. Por alguna razón que estimo muy ligada a los recuerdos que Julia mantiene intactos, ese lugar tiene el aspecto de no haber cambiado en años. Ella me cuenta entonces de cómo Roxana, actualmente casada y madre de dos niños, estudiaba casi en silencio para no molestar al resto de la familia. Solo alguna emisión radial con poco volumen acompañaba esas noches de vigilia por exámenes. Y el café de Julia, ¡claro! Por último el living comedor. Un ambiente de pocas dimensiones pero con una armonía en su disposición que lo vuelve absolutamente confortable. Sus paredes resumen una historia de vida en retratos que me “presenta” de a uno y cuidadosamente. Sus padres, su hermano, su marido, su madre, su hija y sus nietos. Su vida completa cuelga de aquellos cuadros cuyos cristales brillan tanto como su sonrisa al mostrarlos.
Acabamos de recorrer más de ocho décadas en unos pocos minutos. Pero hay mucho más por descubrir. Julia me invita a sentarme. Ahora sí me permito encender el micrófono. Hora de café y de charla.
- “¿Estoy bien para la foto o querés que me cambie?” - ¡Estás hermosa, Julia!
P.- ¿En qué año viniste?
R.- En 1949.
P.- Y la ciudad dónde vivías se llama Nicótera (Ver recuadro 1) ¿es cierto?
R.- Sí. Nicótera, de la parte del sur de Italia.
P.- Contame cuáles fueron los motivos que te llevaron a venir a nuestro país.
R.- A mí y a mi mamá, porque yo no vine sola. Mi papá estaba acá. Había venido como todo italiano, por tres o cuatro años a trabajar. Y después según: si a él le iba bien, o veníamos nosotros o se volvía él para allá. Vino a probar, pero lo encerró la guerra (Ver recuadro 2).
Suena el teléfono. Suspendemos la charla. Julia atiende y mantiene un breve diálogo con otra "Julia" a quien le cuenta que soy estudiante de periodismo y que la estoy entrevistando. Entre risas la oigo decir: "No, en la tele no voy a salir, creo…", y me mira buscando respuesta a lo que ya se convirtió en interrogante también para ella. Le explico que no, pero me comprometo a llevarle copia de esta nota una vez terminada y corregida. Las "Julias" se despiden y continuamos con la encuesta, que se reanuda con una anécdota genial sobre "Julias" y viejas costumbres:
R.- Allá en Nicótera hay una fontana, una canilla en la calle (fuente), larga y tiene dos cabecitas de nenas, con muchas ondas y rulos. Nuestra madre decía que cuando ella estaba embarazada iba a juntar agua ahí y pensaba: "Ojalá tenga una nena con estos pelos", y yo creo que salí un poquitito como ella quería. (se arregla el cabello con los dedos). Y ésta, ahora (refiriéndose a quién llamó) quiere saber si esa fontana tiene algún significado, porque ella también vino de Italia. Ella se llama Julia Loyácono igual que yo. Es hija del hermano de mi papá. Y en Italia se acostumbra.... se acostumbraba, ahora no… Cuando fui esta vez, mi primo tenía cuatro hijas y ninguna se llamaba como la madre... la mayor, sí (se corrige). Pero entonces, la primera hija se tenía que llamar como la abuela (la madre del hombre), y después si venía otra nena, como la madre de ella. Así, ¡éramos siete Julias nosotras en la familia! En los casamientos (casi gritando): "Julia Viviana", que era yo; a la otra: "Julia, negrita, ¡vení!”... (Nos reímos).
P.- Entonces tu papá ¿había venido para probar suerte?
R.- Claro. Y tanto hablar de guerra que la guerra, finalmente empezó en el 40´. Y cuando fue la guerra, durante 7 años nosotros no supimos nada de mi papá. Ni él de nosotros. No había nada para la comunicación, no había barcos. Ahora, en cinco días mandás una carta y tenés respuesta. (me sorprende y me conmueve que Julia aún hable de cartas ¡en tiempos de afectos por e-mail!). Anteayer, por ejemplo, yo cumplí los años (no sabía ese dato así que aprovecho para saludarla, ¿Vos sabés cuántos me llamaron de allá? Yo tengo una prima con la que allá éramos como hermanas y entonces, me llamó primero el marido, porque no sabés lo que me quiere. Yo nunca me peleé con nadie. No soy de esas personas que tienen problemas... (se queda pensativa, como revisando su propia historia).
P.- Juli ¿en qué momento decidieron tu mamá y vos venirse para acá?
R.- Cuando terminó la guerra. En ese momento empezaron a volver algunos de allá. Pero mi papá no venía, casi ni nos conocía a nosotros. Después se levantó Italia, pero cuando nosotros nos fuimos había habido bombardeos, habían caído casas y entonces, a los que venían para acá mi papá les preguntaba cómo estaba Italia y ellos les decían que estaba mal y por eso mi papá no venía. Yo un día agarré y le escribí. Le puse: "si vos no querés o no podés venir, si a vos te gusta, iremos nosotros."
P.- ¿Y vos tenías la dirección exacta como para poder escribirle?
R.- Sí. Mi papá vivía en la calle Venezuela 2160. Cuando vinimos nosotros, también fuimos a vivir ahí. Y cuando yo me casé salí de esa casa. Cerca de la iglesia Santa Rosa, frente al Centro Gallego. En la otra cuadra, cerca de Belgrano. Era una casa hermosa donde vivíamos nosotros... Y entonces mi papá dijo que sí, que le enviemos las partidas de nacimiento. Creo que yo le escribí a mi papá en el mes de febrero y para septiembre vinimos. Vinimos en barco, se llamaba Santa Cruz. El viaje lo pagó mi papá desde acá y duró 22 días.
P. ¡Casi un mes arriba el barco! (Me sorprendo)
R.- Sí, pero era hermoso. No es que estábamos ahí abajo. Por un lado se comía. Había un comedor "como la gente", con mesitas. Nosotros éramos tres, porque el hermano de mi papá se quiso venir. Allá no tenía trabajo. Era más chico que mi papá y estaba casado, con dos chiquitos. Y entonces cuando mi papá se enteró que mi tío quería venir, más se convenció, así no veníamos solas. Mi mamá en aquella época, cuando viajamos tenía 41 años. ¡Mirá si no podía tener un hijo! Y mi papá ya no quiso, decía que ya tenían una hija grande.
P.- O sea que vos ¿sos hija única?
R.- No, tenía un hermano. Lo mató un coche, arriba de la vereda, allá en Italia. El de la foto que está ahí, en la pared.
P.- Así que 22 días arriba del barco. ¡Me parece un montón! (Realmente me sigue causando sorpresa)
R.- Sí. Íbamos todos los domingos a misa, porque venía el cura. Y el hospital del barco ¡no te digo nada! A mí, mi mamá me compró unas sandalias blancas para el viaje, porque acá hacía calor. De allá salimos el 10 de agosto y llegamos el 3 de septiembre. Allá era pleno verano. Y ahora allá se están “cagando” de frío. (por primera vez en la charla tiene una expresión ¡tan porteña!).
P.- Actualmente ¿tenés familia allá?
R.- Muy poca, porque ya se murieron todos. Tengo una tía política que era señora del hermano de mi papá. Tengo los hijos de los primos, tengo primos. Hace poco estuvo un primo que vino a todos lados, no se quería ir.
P.- Y vos, cuando llegaste ¿te adaptaste enseguida?
R.- ¡Sí! A los dos meses ya hablaba perfectamente. ¿Sabés por qué? Porque estaban los “chicos” de mi tía. Vivíamos en la misma casa. Había un comedor grande y aparte una pieza. Cuando nosotros vinimos teníamos una sola pieza. Después se vació y mi tía le dijo a mi papá que se la agarre. La verdad, vivíamos cómodos. Empecé a trabajar, en mi casa siempre. Aprendí a coser camisas. Yo sabía coser desde allá, pero allá era todo con hilván, todo prolijo. Yo vi a mi tía que cosía camisas, tenía la máquina industrial. Yo había traído la máquina a pedal, después me la compré y cuando me jubilé mi marido me la hizo vender, porque no me quería ver trabajar.
P.- Y a tu país ¿volviste de visita en alguna ocasión?
R.- Sí. En 1998 y me quedé tres meses. Me regaló todo un primo que, por desgracia, ahora se murió. Y él me decía que vaya otra vez. No me dejaba volver cuando fui.
P.- ¿Fue la única vez en todos estos años que volviste?
R.- Sí ¡pero me quedé tres meses! Justo cuando se casó Roxana mi primo me llamó por teléfono y me dijo: "Ahora, no tenés ninguna excusa de decir que se queda la chica sola, ahora que se casó, esperamos que venga de la luna de miel y después hablamos." Antonio se llamaba, le decíamos Totó. Y cuando Roxana volvió le dije que Totó me daba esa oportunidad, que yo de mi parte nunca iba a poder ir. Imaginate, con una pension... Con lo caro que es el pasaje, más alguna chuchería para cada uno. ¡Y me robaron en el viaje! Yo había llevado cantidad de cuadritos de los primos, el diario de las chicas adolescentes, hijas de mis primas, y me cortaron la valija. No sé si acá o allá. Porque cuando vos llegás a Ezeiza, por ejemplo, pesás las valijas y ya no las ves hasta que te bajás. Cuando me las dieron, me las habían cortado. Por desgracia no eran mías, me las había prestado mi prima, pero ya se las mandé a arreglar.
P.- Y el avión, tan diferente a aquel barco ¿te gustó?
R.- Sí, ¡parece mentira! Mirá, a las dos de la tarde despegó el avión, a la una de la tarde del día siguiente estábamos comiendo con ellos allá. Pensar que en el primer viaje fueron 22 días. En sábado embarcamos y en sábado bajamos.
P.- ¿Hay costumbres de tu país que hayas seguido teniendo acá, por ejemplo, comidas típicas?
R.- Sí, de todos modos, la comida era parecida. Fideos con estofado, tallarines... la pasta allá la comen todos los días. Yo cuando fui pensé que me iba a volver ¡con veinte kilos de más! Ellos acompañan las pastas con algo más: un bife o pescado. Allá se come mucho pescado, pero bien fresco. Vos ves como lo agarran y a la hora, ya está en la mesa. Y al final, cuando vine volví con seis kilos menos. Porque caminaba mucho. Íbamos todos los días al mar. La hija más chica de mi primo tenía veinte años en esa época. Ahora está casada, tiene un nene hermoso y trabaja en Milán.
P.- Vos te casaste acá y tuviste a tu hija acá, pero ¿en algún momento te arrepentiste de haber venido?
R.- No. (Con un NO ¡rotundo!) ¡Nunca! Siempre me sentí argentina. Cuando fui me gustó Italia pero tenía “esta cosa” para llegar. Yo le decía a mi primo que iba a ir solo por un mes. Y el me decía que no, porque todo el mundo allí me esperaba. Te lo juro que me quedé tres meses y no pude a conformar a todos los parientes. La señora de este primo que me mandó los pasajes, que viví en la casa de ellos, tenía una mercería y aparte vendía ropa para chicos, camisones grandes, pijamas para hombres, todo... tenía una tienda que "!Dios me libre!", y entonces un día vino una chica. Cuando la vi entrar me pareció que era de la familia, que era toda "la foto" de la madre. Y le preguntó a Úrsula si era cierto que tenía en su casa a una pariente que era prima de su mamá. Y Úrsula le aclaró que era prima en segunda, que mi papá era primo de su mamá. Y ella respondió que no importaba, que me quería conocer. (Describe con gestos la ansiedad de la muchacha). Ella era profesora de italiano y el marido era profesor de matemática. Ella trabajaba ahí, en el mismo pueblo y el marido viajaba a Valencia, todos los días, tenía una hora de viaje más o menos que no era tanto. Entonces preguntó cuándo me podía ver y Úrsula le dijo que yo estaba ahí. Yo le pregunté si era la hija de Caterina, porque era igual a su mamá, que ya había muerto. Y le dije que yo había estado con su mamá.
P.- Claro, para ellos también debía ser emocionante verte porque era un modo de conectarse con sus raíces.
R.- (Retomando la respuesta anterior) No, nunca me arrepentí. Y con mi marido que era argentino (y yo italiana), siempre nos entendimos. Nunca nos peleamos. ¡Nunca!
P.- ¿Cuántos años hace que enviudaste Julia?
R.- En el año 1990. Roxana tenía 18 años. Se había recibido de Perito Mercantil acá en Nuestra Señora de La Paz.
P.- ¿Y te mantenés informada de lo que pasa en tu país?
R.- Sí. Tenía un primo, hijo del hermano de mi mamá, que cuando murió mi marido vino. Con él nos criamos como hermanos. Entonces cuando murió mi marido... eso fue un 28 de agosto y él llegó acá el 27 de noviembre. Lo fui a buscar a Ezeiza y se quedó hasta navidad. No quiso pasar las fiestas porque el tenía cuatro hijas mujeres (todas profesionales), que le pedían que vuelva y que me lleve. "¡Porta Julia!", decían. Yo no quise ir en ese momento por no dejar a Roxana y a mi mamá que vivía conmigo. Cuando fui, todos me vinieron a buscar apenas bajé del avión, después me tenía que tomar un tren para ir hasta Calabria. Pero todos ellos tenían auto y se peleaban por llevarme.
P.- Y tu mamá ¿vivió con vos hasta que falleció?
R.- Primero yo me casé y me fui de la casa donde vivían mi mamá y mi papá y ellos quedaron en la casa. Yo vivía en Rincón y Alsina y después me mudé a este departamento cuando me lo dieron. Cuando yo me mudé acá, mi papá había fallecido pero mi mamá quería vivir sola. Había alquilado una casa linda con una cocina y un departamento. Cuando mi mamá se fue de ahí la dueña no quería que se vaya de tanto que se había encariñado con ella. Nosotros siempre fuimos buena gente Adriana. Mi mamá era una santa. Mi papá no se metía con nadie. Murió joven, tenía 67 años. Cuando murió mi marido me ofreció que mi mamá se viniera a vivir con nosotros porque ella vivía cerca del Spinetto y yo no podía ir todos los días. Mi marido no estaba en todo el día, trabajaba en la municipalidad, allá en Plaza de Mayo, siempre trabajó ahí. Para mí era una compañía también. A veces me quería ir a buscar a la nena al colegio. Entonces, mi marido la convenció. Pusimos dos camitas ahí (señala la habitación donde dormían su madre y su hija) y al final, cuando enviudé, me quedé con ella. Dos años más vivió mi mamá.
P.- Entonces Julia ¿vos lograste sentirte parte de este país?
R.- Sí. Yo me siento argentina.
P.- Y si pudieras volver en el tiempo y tomar nuevamente la decisión de venir ¿elegirías otra vez este país?
R.- ¡Sí! Más que tengo mi hija argentina, mi marido era argentino. Y yo, adonde fuera, nadie me creía que era italiana.
P.- Sin embargo la tonada la tenés.
R.- La tengo, pero la había perdido. La recuperé cuando me fui allá tres meses. Porque allá hablaban el italiano verdadero ahora, cuando estaba yo allá no. Solo para el colegio o algo así, sino, se hablaba el dialecto. El dialecto es bastante parecido al italiano verdadero. Yo estoy muy conforme con la Argentina. A mí me gusta. Y esta prima que llamó ahora me mata si llego a decir que me voy a Italia.
P.- La última pregunta Julia: ¿alguna vez sentiste que te discriminaron por ser inmigrante o que te culparan de ocupar trabajo?
R.- No, nunca. Siempre me han tratado muy bien, siempre primera yo para los parientes. Viste que algunos dicen: "¡tana de mierda!", pero no, a mí nunca me discriminaron. Mi papá solía decir "gringos", en el tiempo de antes, pero nada... Mi papá también estaba muy bien acá y de su familia casi todos vinieron, solo el más chico quedó allá. Porque él tenía todas las propiedades del padre después, que le compró a sus hermanos. Sus hijos son profesores, maestras jardineras... los parientes míos son todos profesionales. "¡Burros no tengo en la familia!". (Me regala esta última frase con una sonrisa que desborda orgullo.).
Me despedí de Julia sin ganas de irme. Me hubiera gustado explicarle lo que pienso de las fronteras. Que estas no son más que inventos demasiado humanos, pero que si los hombres entendieran que unos pocos (o muchos) trazos dibujados en mapas y planos no alcanzan para hacernos diferentes, entonces, otro sería el cuento. Que si algún día la palabra RAZA se hiciera más fuerte que gentilicios, idiomas, religiones o límites, el planeta sería un lugar mucho más agradable de habitar. Hubiera querido decirle también que, si realmente hay un suelo suyo y uno mío, es un verdadero orgullo que “mi” tierra sea pisada por gente como ella y su familia. Quizás, hasta hubiera querido adueñarme de palabras ajenas como las del gran Galeano para homenajear a su padre: “Si el intruso, el venido de afuera, es joven y pobre y no es blanco, está condenado a primera vista por indigencia o inclinación al caos o portación de piel. Pero si no es joven ni pobre, ni oscuro, de todos modos merece la malvenida porque ha venido a trabajar el doble a cambio de la mitad.” O las del reconocido Mario Vargas Llosa, para poder contarle como me gustaría que fuera la cosa: “… para quien, como yo, está convencido que la inmigración de cualquier color y sabor es una inyección de vida, energía y cultura y que los países deberían recibirla como una bendición.” Hubiera intentado decir mucho más de lo que dije de no ser por la convicción de que Julia lo sabía mejor que yo. Entonces, elegí agradecerle y abrazarla. Tampoco le confesé que mi charla con ella fue casi como una de aquellas tardes con mi abuela Marcelina. Pero lo fue.
RECUADRO 1
NICÓTERA
Es un municipio sito en el territorio de la provincia de Vibo Valentia, en Calabria, sur de Italia. Tiene una superficie de 32 km2. Su población según los datos del último censo (2007) es de 6.487 habitantes. Limita con los municipios de Candidoni, Joppolo, Limbardi, Rosamo y Spilinga. Sus mayores atracciones son sus fiestas tradicionales, como la de La Virgen Dell ´Assunta el 15 de agosto o la de las Vírgenes de Rosario o de San Francisco, ocasiones en las que tiene lugar una feria que años atrás solía ser grandiosa.
RECUADRO 2
“TANTO HABLAR DE GUERRA QUE LA GUERRA, FINALMENTE EMPEZÓ”
Los antecedentes de la Segunda Guerra Mundial fueron la llegada de Hitler al poder en Alemania (1933) y la campaña de expansión de Japón en Asia que, durante la década del 30¨ fue dominando territorios en China. Japón, Alemania e Italia formaron una alianza conocida como “Pacto tripartito” O “El Eje”. Estos países fueron invadiendo militarmente de manera expansiva, antes de 1939. Así, dominaron Etiopía, Albania, Austria, parte de Checoslovaquia y en 1937, Japón entró en guerra con China ocupando gran parte de sus territorios. A su vez, Alemania e Italia prestaron ayuda al bando franquista durante la guerra civil española entre 1936 y 1939, que terminó con un gobierno militar impuesto en España. En 1939 Alemania y La Unión Soviética efectuaron una alianza y se atacó Polonia sin aviso previo. Francia y Gran Bretaña declararon así, la guerra contra Alemania. En 1940 Hitler decide atacar Dinamarca y Noruega y lanza su ofensiva contra Francia. En Libia y Egipto, las fuerzas ítaloalemanas se enfrentan desde 1940 hasta 1943, con resultados cambiantes a los ingleses y sus aliados. Entre fines de 1940 Hungría, Bulgaria, Finlandia y Rumania se unen al eje. La Segunda Guerra Mundial, que duraría hasta 1945, estaba declarada.
sábado, 6 de julio de 2013
LA PALABRA Y YO, HISTORIA DE UN ROMANCE
Creo que fue en aquel marzo cuando me conquistó de una vez y para siempre. Yo apenas estrenaba vida y ella se presentó como arrullo dulce en los labios de mi madre y protector susurro en la boca de mi padre. Así la conocí en su primera forma sin sospechar siquiera cuántos matices desplegaría después. Mi pequeño universo comenzaba y terminaba, por entonces, en esos sonidos únicos y perfectos.
Mis años tempranos la descubrieron en boca de mis abuelos. Allí se llenaba de nostalgia de afectos dejados en una Italia lejana. Allí, de a ratos, perdía la batalla ante mutismos que se aturdían de guerra. Allí, también, resurgía victoriosa, entre historias de inmigrantes y de esperanzas nuevas o se volvía magistral en cantos gitanos que aún hoy tarareo.
Pero mi mundo crecía y ella empezaba a quedarme chica. Fue entonces que en un hábil movimiento se trepó a un pizarrón verde de la mano de la seño Alicia. Sin dudas, una de sus mejores jugadas. Se escabulló entre libros, se metió en mis cuadernos, se escondió en cada uno de mis lápices y se desdobló para enseñarme que yo podía buscarla más allá de los sonidos. Que entre líneas se volvía más imponente, incluso, que en algunos “decires”.
Cuando creyó tenerme definitivamente seducida, un nuevo obstáculo le presentó pelea: mi adolescencia. Con absoluta soberbia me abusé de ella. La enarbolé cual bandera. La vestí, sin su permiso, de protesta y de enojo. La desbordé de rebeldía. La llené de complejos. La ensucié de política “de moda”. Y la sometí, como si fuera poco, a prolongados periodos de mudez. Ella, lejos de claudicar ante mi insurrección, entendió humildemente que otra vez su medida me ajustaba y decidió estirarse como nunca antes. No escatimó en recursos, se alió con maestros, se camufló de poesía y se inundó de música. ¿Cómo no caer rendida ante su encanto, cuando convenció a Cortázar, a Sabina o a la misma Pizarnik de que se ocupen de mis desvelos? Así volvió a deslumbrarme y quizás por eso me encontró distraída cuando en el peor de sus reveses vistió un horrible traje de muerte. Con total desparpajo decidió callarse para siempre en los labios de mi padre. Años me llevó perdonarle tremendo silencio y otros tantos entender que no siempre puede lucir bonita, que hay vocablos que no se adornan con nada. Que simplemente duelen. Creo que ella supo mejor que nadie de mi desidia porque ante la ausencia de esa voz se multiplicó en otro montón de voces, cercanas y sanadoras. Se ofreció como herramienta principal de desahogo y desafió a mi dolor a convertirse en escritos.
Y así como se había calzado un día su peor disfraz, fue luciendo ante mis ojos un “te quiero” que le quedaba bien y algún “te amo” que le sentó de maravillas. Y me sorprendió un junio vistiéndose de fiesta. Se probó cuatro letras en mayúsculas y me regaló el título de MAMÁ, que conservaré como tesoro hasta el último de mis días.
Hoy se me escurre entre charlas eternas con amigas, o se escabulle, tímida pero caprichosa, en mis delirios de poeta. Justifica, a diario, mi vocación. Aprendió a ser más prudente y calla si es necesario. Comprende mejor sobre contener, acompañar, defender y redimir. A menudo se equivoca pero ya no le teme a pedir perdón ni a perdonar. Se sabe plenamente necesaria. Y ya no necesita seducirme. Me tiene perdidamente entregada a su bendito poder. Tanto, que hasta le escribo a ella. ¡Y vaya paradoja!
Mis años tempranos la descubrieron en boca de mis abuelos. Allí se llenaba de nostalgia de afectos dejados en una Italia lejana. Allí, de a ratos, perdía la batalla ante mutismos que se aturdían de guerra. Allí, también, resurgía victoriosa, entre historias de inmigrantes y de esperanzas nuevas o se volvía magistral en cantos gitanos que aún hoy tarareo.
Pero mi mundo crecía y ella empezaba a quedarme chica. Fue entonces que en un hábil movimiento se trepó a un pizarrón verde de la mano de la seño Alicia. Sin dudas, una de sus mejores jugadas. Se escabulló entre libros, se metió en mis cuadernos, se escondió en cada uno de mis lápices y se desdobló para enseñarme que yo podía buscarla más allá de los sonidos. Que entre líneas se volvía más imponente, incluso, que en algunos “decires”.
Cuando creyó tenerme definitivamente seducida, un nuevo obstáculo le presentó pelea: mi adolescencia. Con absoluta soberbia me abusé de ella. La enarbolé cual bandera. La vestí, sin su permiso, de protesta y de enojo. La desbordé de rebeldía. La llené de complejos. La ensucié de política “de moda”. Y la sometí, como si fuera poco, a prolongados periodos de mudez. Ella, lejos de claudicar ante mi insurrección, entendió humildemente que otra vez su medida me ajustaba y decidió estirarse como nunca antes. No escatimó en recursos, se alió con maestros, se camufló de poesía y se inundó de música. ¿Cómo no caer rendida ante su encanto, cuando convenció a Cortázar, a Sabina o a la misma Pizarnik de que se ocupen de mis desvelos? Así volvió a deslumbrarme y quizás por eso me encontró distraída cuando en el peor de sus reveses vistió un horrible traje de muerte. Con total desparpajo decidió callarse para siempre en los labios de mi padre. Años me llevó perdonarle tremendo silencio y otros tantos entender que no siempre puede lucir bonita, que hay vocablos que no se adornan con nada. Que simplemente duelen. Creo que ella supo mejor que nadie de mi desidia porque ante la ausencia de esa voz se multiplicó en otro montón de voces, cercanas y sanadoras. Se ofreció como herramienta principal de desahogo y desafió a mi dolor a convertirse en escritos.
Y así como se había calzado un día su peor disfraz, fue luciendo ante mis ojos un “te quiero” que le quedaba bien y algún “te amo” que le sentó de maravillas. Y me sorprendió un junio vistiéndose de fiesta. Se probó cuatro letras en mayúsculas y me regaló el título de MAMÁ, que conservaré como tesoro hasta el último de mis días.
Hoy se me escurre entre charlas eternas con amigas, o se escabulle, tímida pero caprichosa, en mis delirios de poeta. Justifica, a diario, mi vocación. Aprendió a ser más prudente y calla si es necesario. Comprende mejor sobre contener, acompañar, defender y redimir. A menudo se equivoca pero ya no le teme a pedir perdón ni a perdonar. Se sabe plenamente necesaria. Y ya no necesita seducirme. Me tiene perdidamente entregada a su bendito poder. Tanto, que hasta le escribo a ella. ¡Y vaya paradoja!
miércoles, 12 de junio de 2013
¿POR QUÉ DECIMOS?
Decimos para que nos escuchen y para escucharnos.
Decimos para contar alegrías y para aliviar penas.
Decimos para seguir buscándonos y para que nos encuentren.
Decimos para mejorar silencios.
Decimos para que sepan quienes somos.
Decimos para descubrir quienes queremos ser.
Decimos porque callar nos ahoga.
Decimos porque decir nos hace libres.
Decimos porque tenemos ganas.
Decimos para burlar la muerte.
"- Y dónde está la misión de cada uno? ¿Cómo nos damos cuenta que estamos en el camino correcto?
- Misión es pasión. Cuando sientas que lo que haces te llena el corazón y el alma, todo estará indicando que estás en el camino correcto." (Yohana García)
Decimos para contar alegrías y para aliviar penas.
Decimos para seguir buscándonos y para que nos encuentren.
Decimos para mejorar silencios.
Decimos para que sepan quienes somos.
Decimos para descubrir quienes queremos ser.
Decimos porque callar nos ahoga.
Decimos porque decir nos hace libres.
Decimos porque tenemos ganas.
Decimos para burlar la muerte.
"- Y dónde está la misión de cada uno? ¿Cómo nos damos cuenta que estamos en el camino correcto?
- Misión es pasión. Cuando sientas que lo que haces te llena el corazón y el alma, todo estará indicando que estás en el camino correcto." (Yohana García)
domingo, 9 de junio de 2013
♪ CON VERTE CRECER TENGO BASTANTE ♪
Dicen que si se deseás fuerte, los deseos se cumplen. Ahí van, con todas mis fuerzas, mis deseos para vos:
Que la adultez que estrenás no desdibuje tu infancia.
Que crecer se te haga verbo más allá del calendario.
Que ninguno de tus miedos sea más fuerte que tus ganas.
Que tus dolores sean breves y se curen con abrazos.
Que tus mapas se dibujen a la altura de tu vuelo.
Que haya siempre algún camino que te regrese a casa.
Que si te aturdís, sea de música.
Que si te embriagás, sea de lunas.
Que si te intoxicás, sea de amigos.
Que no calles un “te quiero”.
Que no malgastes tu tiempo.
Que te duermas con un beso.
Que la mentira jamás te resulte necesaria.
Que no postergues intentos.
Que haya revancha para tus fracasos.
Que te redobles la apuesta.
Que huyas de lo mediocre.
Que tu libertad nunca tenga precio.
Que te desvelen amores.
Que no negocies tus sueños.
Que llores lo necesario.
Que putees en voz alta.
Que rías más de la cuenta.
Que sepas seguir jugando.
Que mis brazos te queden siempre a mano.
Que seas solo aquello que elijas ser.
¡Que vivas!
Sé perfectamente que convertirte en mi milagro de cada mañana ha sido una gran responsabilidad hijo, pero llevás 18 años de cumplirla con creces. Hoy, el mundo es tuyo más que nunca. ¡Devorátelo! Y se feliz, que de sobras sabes: ♪ con verte sonreír tengo bastante ♪
(A Facundo, en un nuevo cumpleaños)

Que la adultez que estrenás no desdibuje tu infancia.
Que crecer se te haga verbo más allá del calendario.
Que ninguno de tus miedos sea más fuerte que tus ganas.
Que tus dolores sean breves y se curen con abrazos.
Que tus mapas se dibujen a la altura de tu vuelo.
Que haya siempre algún camino que te regrese a casa.
Que si te aturdís, sea de música.
Que si te embriagás, sea de lunas.
Que si te intoxicás, sea de amigos.
Que no calles un “te quiero”.
Que no malgastes tu tiempo.
Que te duermas con un beso.
Que la mentira jamás te resulte necesaria.
Que no postergues intentos.
Que haya revancha para tus fracasos.
Que te redobles la apuesta.
Que huyas de lo mediocre.
Que tu libertad nunca tenga precio.
Que te desvelen amores.
Que no negocies tus sueños.
Que llores lo necesario.
Que putees en voz alta.
Que rías más de la cuenta.
Que sepas seguir jugando.
Que mis brazos te queden siempre a mano.
Que seas solo aquello que elijas ser.
¡Que vivas!
Sé perfectamente que convertirte en mi milagro de cada mañana ha sido una gran responsabilidad hijo, pero llevás 18 años de cumplirla con creces. Hoy, el mundo es tuyo más que nunca. ¡Devorátelo! Y se feliz, que de sobras sabes: ♪ con verte sonreír tengo bastante ♪
(A Facundo, en un nuevo cumpleaños)

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