lunes, 17 de diciembre de 2012

DE DICIEMBRES Y BALANCES...


Resumiendo que tengo:
Cuarenta y tres marzos gastados y otros tantos por estrenar.
Un bunker, pequeño para recibir amigos y enorme para la soledad.
Un empleo que me abastece y dignifica y una vocación que me pone alas.
Un varón de casi dieciocho que me exime del árbol que nunca planté y del libro que aún no escribí.
Cuatro abuelos inmigrantes, de los que heredé sangre y ejemplo.
El amor incondicional de mi madre, mi refugio eterno.
El recuerdo imborrable de mi padre, con el que la muerte pierde su partida a diario.
Hermanos que son amigos y amigos que son hermanos.
La poesía de Sabina, empecinadamente mía.
Más humo en los pulmones del que quisiera.
Música que sana, palabras que faltan, silencios que asfixian.
Un puñado de sueños y cientos de desvelos.
Algún hechizo roto y un sapo equivocado, que se convirtió en príncipe.
Un balcón inventado y un Romeo pendiente.
Un master en desamores.
Maestros y alumnos de quienes aprendo.
Mi libro de Cortázar.
Mis sahumerios de vainilla.
Una mariposa tatuada en el alma y una luna eterna en mis pupilas.
Los ayeres que ensayaron este hoy.
Un YO encaprichado en devorarse el presente.
Un futuro que sigo dibujando.
Resumiendo que tengo: el inmenso privilegio de estar viva.
Y un nuevo balance de tanto diciembre.

viernes, 7 de diciembre de 2012

¡CON TODO EL AMOR QUE PUEDO!



Egresaste hijo. Aunque faltan los detalles formales de la entrega de diplomas y la fiesta de gala, hoy egresaste. Y egresa con vos el uniforme que ya no tendré que plancharte. Y egresan montones de hojas que ya son historia y pilas de libros que dormirán, probablemente, en alguna repisa. Y egresan los odiados madrugones para educación física y los recreos que siempre parecieron cortos.

Egresaste. Y egresa con vos "mi" rubio de rulitos y cuadrillé celeste. Y tu salita azul. Y aquel indisimulable miedo a primer grado. Y los guantes, blancos y orgullosos, con que juraste lealtad a la bandera. Aquel viaje a Tandil y tu paso a la secundaria. Tu primer beso y tus primeros amigos del alma. Tu experiencia de pasante y tu viaje a Bariloche.

Egresaste. Y egresan con vos todas las satisfacciones que me regalaste. Tu impecable dedicación, tu gran responsabilidad, tu respeto por cada labor, tu auto-exigencia, tus ansias de superación, tu compañerismo a prueba de todo.

Egresaste. Y egresa con vos la adolescente que fui. Y la mamá que sigo aprendiendo a ser. Y las fuerzas que saqué de tus sonrisas para mantenerme de pie tantas veces.

Egresaste. Y sé bien que detrás de toda esta euforia que te inunda hoy se esconde la nostalgia inevitable de las despedidas. Y el temor a lo que viene, pero también la intensa adrenalina de un futuro que, como diría un poeta catalán, a colores se despliega como un atlas.

Hoy empezás a ver el mundo desde otra perspectiva. Y mientras vos te recibís de adulto, yo ensayo como puedo, esta nueva manera de mirarte. Y renuevo con vos las cláusulas de un contrato de amor eterno e indisoluble. Un amor exento de fechas y de finales. Y me permito decirte que, aún cuando todos los espejos se empeñen en recordarte que te convertiste en hombre, siempre que lo necesites, en mis brazos habrá lugar para cobijar al rubio de rulitos.











Egresaste Facu. Egresamos.

domingo, 18 de noviembre de 2012

"A MIS NIÑOS DE CUARENTA"



La muerte es irremediable, siempre. La muerte es inexplicable, a veces. La muerte es injusta, en ocasiones. La muerte es triste, eternamente. La muerte es esa parte de la vida que equivoca el sentido. La muerte es el destino obligado y sin pasaje de retorno de quienes nos atrevemos a vivir. La muerte puede ser, incluso, alivio. Pero la muerte de un payaso es mucho más que eso. La muerte de un payaso no es solo una muerte. No es solo SU muerte. Es la muerte de cada carcajada que despertó. Es la muerte de cada niño que se alzó con una estadía en su carpa. Es la muerte de todas las infancias a las que divirtió. Es la muerte de aquellos globos que dejó escapar, de los tropezones que se inventó y nos inventó, de los sombreros ridículos que lució, de los tiradores y moños que vistió, de sus trucos y sus piruetas. Es la muerte de cada lágrima que se escondió detrás de su maquillaje. Es la muerte de su eterna nariz de pelota roja y de su mueca disfrazada de sonrisa.


En tiempos de diversión en 3D y risas a control remoto; de escondidas con joisticks y rayuelas en alta definición; en tiempos en que el circo es casi leyenda, la muerte de un payaso es mucho más que una muerte. Es un montón de muertes. Es tu muerte y es la mía, aunque resucitemos mañana para seguir intentando sonreír a cualquier precio.


Hoy me volví a morir un poquito. Y aún así,canturreo: ♪ muy de prisa, buscó el cielo que le devolvió la risa, de trapecio y pista en sombras, de mil niños que lo nombran, de muerte que lo acaricia… ♪


Y me repito: ¡los payasos no deberían morirse, carajo!

viernes, 19 de octubre de 2012

LIBRE DEUDA (A mi madre)



Las estrías que dibujaron para siempre tu vientre a cambio de cobijarme nueve maravillosas lunas en él. Tu dolor de parto. Un puñado importante de horas de tu sueño convertidas en vigilia de mi dormir. La turgencia de tus senos jóvenes en pos de mi salud temprana. Las caricias que supieron protegerme de todo a partir de mi primer contacto con el mundo fuera de vos. Las impecables tablas de mi delantal y mis trenzas perfectas, verdadera obra de arte que repetiste sin cansancio a lo largo de mis años escolares. La magia de gambetear tu duro presupuesto para que la mesa estuviera siempre dignamente servida. Los vestidos que robabas al figurín de modas y tu propio desafío de que lucieran idénticos en mí, aunque coserlos te impusiera largas noches de desvelo. Las fiestas de cumpleaños que disfruté a pleno sin saber, hasta muchos años más tarde, cuanto sacrificio implicaban. Todas las zapatillas que estrené a costas de los zapatos que nunca te compraste. El cafecito infaltable durante mis horas de estudio. Los estudios que resignaste por elegirme. Las sonrisas que dibujaste cada vez que la vida te golpeó duro para hacerme creer durante mi infancia que las mamás no lloraban. Tus nuevos desvelos cuando me sentí mayor y salí a devorarme noches a pesar de tus miedos (hoy me repito en tus temores, esperando despierta a que mi hijo vuelva de devorar las suyas). Los “te quiero” que nunca te enseñaron a decir pero que traducís en gestos de esos que valen más que muchas palabras. Tu compañía incondicional. Tu apoyo eterno. Tus reproches y tus enseñanzas. El ejemplo más genuino de entereza y dignidad ante las adversidades. Tu licenciatura de madre y tu posgrado de abuela con todos los honores. El descubrirme orgullosa en esa parte de vos que se dividió para dejarme ser.

No hay modo de saldar la deuda mamá. Te debo la vida. Aún cuando me siga peleando con “tu yo que hay en mí”, en mis ratos de terapia. Y a pesar de que las distancias se acortaron y hoy casi somos pares, sigo necesitando a diario mi ratito de sentirme hija. Tanto, que hasta extraño aquellas trenzas…

Sirva este invento comercial de octubre para el TE AMO que yo sí aprendí a poner en palabras. Y este escrito como intento de pagaré por tanto.


lunes, 3 de septiembre de 2012

MANDAMIENTOS DE PRIMAVERA


Septiembre:

Renovemos proyectos y estrenemos ganas.
Deshojemos deseos.
Plantemos esperanzas.
Archivemos agostos y desilusiones.
Emprendamos vuelos nuevos.
Mariposeemos.
Perfumemos de azahares el aire y de amores el alma.
Cantemos.
Coloreemos las miradas.
Florezcamos en abrazos y en sonrisas.
Emborrachémonos.
Desafiemos cualquier mar.
Desvistámonos de miedos.
Payaseemos.
Empachémonos de sol.
Robémonos alguna luna.
Pintemos, compongamos, escribamos, dibujemos.
Bailemos.
Démonos permiso.
Besemos.



Septiembre: ¡Vivamos!
Nos apura esta nueva primavera…

jueves, 23 de agosto de 2012

DESPLEGANDO LAS ALAS


La tarde nos citó en la puerta del Instituto como tantos otros miércoles. Sin embargo, no era un miércoles cualquiera. No era de esos que pasan desapercibidos en el almanaque o que, a lo sumo intentamos apurar para acercarnos al fin de semana. Lo decían nuestros atuendos, más elegantes que los que solemos lucir para cursar. Lo decían esas planillas que temblaban en nuestras manos dejando en evidencia el inevitable nerviosismo de los debuts. Lo decían esas credenciales que, recién estrenadas, se impregnaron en segundos de la emoción que nos invadía… Éste prometía ser un miércoles para recordar.

Dudo que alguno de los invitados a los que recibimos y entrevistamos en la entrada haya podido imaginar siquiera el orgullo que disimulábamos por la tarea asignada. Conteníamos la adrenalina y ensayábamos una postura espontánea. Pero las sensaciones nos inundaban. Nada estuvo librado al azar. Todos y cada uno de nosotros tenía una misión concreta, de esas que te hacen sentir que nada hubiera sido igual si, tan solo uno, no hubiera estado allí. A quiénes oficiábamos la recepción nos sucedían los que acompañaban hasta el lugar del evento y a ellos, quiénes organizaban ubicación y a éstos, los que filmarían y sacarían fotos… Cual tablero de ajedrez, cada pieza, buscando su ubicación necesaria para que la jugada resultara perfecta.

Ya en el auditorio, el clima prometía una tarde de lujo. El rojo del mantel y el azul del cortinado competían con nuestras ropas elegantes en un intento de decir sin palabras qué tan de fiesta nos sentíamos. Los minutos transcurrían. El recinto se poblaba de invitados. Los murmullos discretos, típicos de la espera, solo eran interrumpidos por algunos flashes que comenzaban a retratar recuerdos de una tarde inolvidable. Entonces, el Señor Alejandro Apo llegó y quizás comience aquí, lo más interesante de este escrito.

Su voz impuso un silencio maravilloso. Esa voz que tantas veces habíamos escuchado en la radio, en videos, en sus comentarios y cuentos, en sus increíbles relatos, esa voz cobró vida ante nosotros. Con rostro y gestos reales, con una postura absolutamente relajada, con la humildad de los grandes, esa voz se hizo lección de periodismo y vida en “nuestro auditorio” e inmortalizó un miércoles que definitivamente ya no sería uno más. Esa voz supo pasearnos por su barrio de origen, por su infancia y adolescencia, por sus comienzos en esta profesión, por su vasta trayectoria y por anécdotas deliciosas con tanta claridad que, por momentos, fue como estar viendo una película de su vida. Juro que tuve que esforzarme por no reclinarme en la silla y por recordar que no era una charla entre amigos, aunque se le pareciese bastante…

Cuando creímos que lo mejor había terminado, los docentes nos regalaron nuestro segundo de gloria. A nosotros, que apenas nos atrevemos a soñar con recorrer algún día un camino similar al que acababan de contarnos como el mejor de los cuentos. A nosotros, que a esa altura poco podíamos ocultar la emoción de semejante vivencia. Nosotros, ¡nos convertimos en protagonistas! Y fue entonces que nuestras credenciales, recién estrenadas, amenazaron con salirse de nuestro pecho. Como podrán imaginar, nuestro invitado de lujo pasó por alto nuestro indisimulable temor y nos premió con respuestas impecables.

Por último y como bonus track de una tarde soñada nos dejó como perlita uno de sus fantásticos relatos, un montón de fotos, consejos personales y saludos de esos que suelen darse quienes se conocen desde hace mucho. Así lo sentimos cuando se iba, que lo conocíamos desde siempre.

Sabiendo que esta crónica difícilmente pueda transmitir lo que realmente vivimos, voy a intentar resumirlo citando a Estrella sobre el final del evento. Ella dijo, parafraseando a un filósofo francés del cual no recuerdo el nombre: “LA PALABRA ESTUVO DE FIESTA”. ¡Y vaya si lo estuvo!


¡GRACIAS ALEJANDRO APO!

domingo, 12 de agosto de 2012

"PIDO GANCHO"


Reírnos de todo y por nada hasta que nos duela la panza. Tener que escondernos sólo de quién “la pica”. Que la figurita difícil del álbum sea la más lejana de las metas. Que sufrir por amor signifique, simplemente, suspirar por el vecinito de enfrente. Que una taza de chocolate caliente sea remedio infalible para ese desamor. Que nuestras cuentas corrientes se depositen en un chanchito y que un puñado de monedas nos haga sentir millonarios. Que una botellita girando en un recreo nos estalle el alma. Que una casa en un árbol nos convierta en propietarios. Que un rey mago, o tres, nos invadan los eneros de ilusión y un febrero con Pelopincho sea un mes en el Caribe. Que un flan con caramelo de la abuela nos vuelva fiesta una cena. Que busquemos el sticker en el paquete de galletitas en vez de las calorías. Que mamá y papá sean verdaderos superhéroes. Que el permiso para un ratito en su cama sea el pasaporte al paraíso. Que los juramentos puedan burlarse cruzando los dedos y un “pido gancho” nos exima de toda culpa. Que nuestro diario íntimo sea el tesoro mejor guardado. Que nuestro primer beso se repita cada vez que leemos ese diario. Que nuestra peor derrota sea perder en el “Tuti-fruti” y caer en quiebra suceda sólo en el Estanciero. Que para volar nos alcance una bicicleta. Que la muerte esté tan lejos y la vida tan a mano…


“Manchas” que no nos ensucien y “quemados” que no ardan. Delantales que nos conserven puros. Chupetines que nos endulcen el alma. Almohadones como únicas armas de guerra y cielos que nos queden, apenas, a dos baldosas de una Rayuela…
Si crecer no significara alejarse de todo eso, el mundo adulto se nos haría fascinante y sin embargo...


¡Todavía estamos a tiempo de que no se nos arrugue la sonrisa!

lunes, 16 de julio de 2012

CUANDO SEA GRANDE QUIERO SER NIÑA...



Hoy descubrí cuánta nostalgia me provocan las vacaciones de invierno. En realidad, cualquier circunstancia me deja a la vuelta de la nostalgia y esta no será excepción. Así que, lejos de rebelarme contra mí, aquí estoy una vez más, buscándome en los recuerdos que tengo de aquellos días.


Las últimas vacaciones de invierno que viví como tales fueron las de mis tiempos de estudiante. Son pocos los que conservan, en la adultez, el privilegio de seguir adueñándose de este término en su sentido literal. Después las he tenido prestadas, de la mano de mi hijo o de mis alumnos. Pero mías, realmente mías, solo aquellas en las que el uniforme era mi atuendo más frecuente y el reloj apuraba solo para las tareas escolares.

Por alguna razón los días previos solían tener una cuota de adrenalina mayor a esas dos semanas en sí mismas, como si el simple hecho de planear lo que vendría tenía el poder de convertirse, ya, en un auténtico plan. Y cuando hablo de planes no lo digo en gran escala. Los shoppings plagados de espectáculos o las mega producciones teatrales no eran características de mis tiempos de “vacacionante”. Sin embargo, una merienda compartida con compañeros del cole podía constituirse en el mejor de los programas. Porque una cosa era verse a diario en medio de útiles y corbatas, con la seño pactando toda actividad y limitando charlas y otra, muy distinta, era encontrarse alrededor de tazas de chocolate, montañas de galletitas y presumiendo con la pollera escocesa de tablitas que solo te permitían para ocasiones especiales. Si eso se potenciaba con lo eterno que, por aquellos tiempos, podían parecernos dos días sin vernos, ¡vaya que se convertía en un plan!

He elegido aquí un punto aparte. Aunque dudo que la determinación de un apartado extra en la redacción pueda darle a esta parte del relato la dimensión que se merece. A veces, las musas no alcanzan ni aunque vengan en manada. Porque convertir los sentimientos en palabras es privilegio de pocos y es, en ocasiones como estas, cuando no suelo considerarme de la partida. Pero como soy más caprichosa que inspirada, nada me impedirá contarles sobre “el día elegido”. Había, en medio de aquellas dos semanas, una jornada especial. Desde la perspectiva de los adultos esto se resumía a los avatares de la economía cotidiana que, lejos de reparar en receso invernal alguno, imponía un gasto extra difícil de absorber. Pero desde nuestra mirada infantil, ese día era simplemente mágico. Desde los debates que ponían la Carpa de Carlitos Balá, el cine Rivas o el Italpark en la cima de opciones a elegir, hasta la posible porción de pizza en La Continental si la cuenta cerraba al fin del paseo, todo prometía sabor a maravilla. Si hubiera entendido por aquellas épocas el sacrificio que significaban para mis padres esas tres estadías en el paraíso, creo que la experiencia hubiera alcanzado la categoría de milagro. Pero apenas si mis hermanos y yo podíamos hacernos cargo de tanta adrenalina como para detenernos en los sufridos bolsillos de nuestros progenitores. Hoy sé que no me alcanzará la vida para agradecerles aquellos paseos por la felicidad.


En mis vacaciones prestadas, de la mano de mi hijo, he podido recorrer los shoppings plagados de espectáculos y visitar esas mega producciones de las que hablaba al principio. Yo sí he tenido la chance de hacerlo. Mi economía, un tanto más relajada que la de mis padres, me ha dado esa posibilidad. Sin dudas lo hemos disfrutado. Pero sé bien que ni el más talentoso de los Teen Angels pudo despertar en Facundo la fascinación que yo sentí la primera vez que estuve a veinte butacas del señor de flequillo que sacudía a su perro invisible al grito de “Angueto quedate quieto” (¡puedo jurar que, a pesar de lo invisible, yo lo vi!). Ni la más feliz de las cajitas felices pudo hacerlo tan feliz como a mí, aquella porción de muzzarella en La Continental. Seguramente él también recordará en su adultez sus vacaciones de invierno, pero dudo que necesite un apartado extra para contar sobre su “día elegido” ni que le urja que un millón de musas lo asistan para escribir acerca de eso.

Para los de mi tiempo, para los que pudieron entender de que va este relato, un gran gestito de idea y que la vida siempre les vaya un kilo y dos pancitos…

lunes, 25 de junio de 2012

ACORDES PARA EL ALMA



A veces la vida nos canta al oído…

Y es preciso estar atentos para que otros ruidos no ganen la partida. La rutina, por ejemplo, con sus acordes que hacen eco y se vuelven tediosamente repetitivos. Los mismos que nos acostumbran a no escuchar más allá de ellos. Los enojos, que aturden y avasallan de tal modo que resulta imposible que otra nota se atreva a traspasar los tímpanos. Las culpas, con su vocecita humilde pero caprichosa, recordándonos una y otra vez que no somos quienes queremos ser y no queremos ser quienes somos. Los desamores, con melodías agudas y punzantes que lastiman hasta hacernos sangrar los oídos y el alma. Los fracasos, que se instalan estridentes y casi ensordecedores. Y por allí, nuestra autoestima, intentando emitir una nota que suene orgullosa entre tanto barullo.

La vida en cambio, canta despacito, casi susurrando. Si logramos bajarle el volumen a la rutina seríamos capaces, por ejemplo, de escuchar que cada uno de nuestros días amanece con un sonido diferente. Algunos suenan a sol y a trinos y otros se lucen con majestuosas orquestas de gotas y truenos. El maravilloso sonido de un beso es capaz de callar al más ruidoso de los enojos. Un simple y seco chasquido de dedos puede hacerle frente a la culpa más gritona y dejarla muda, solo en un segundo. El sonido de un nuevo “te amo” se atreve al más doloroso de los desamores, por muy punzante que haya intentado sonar. Y no hay carcajada, se los aseguro, que no desate una fiesta de notas en nuestros oídos.

La vida canta y a veces, hasta el silencio se empeña en no dejar que la escuchemos. Pero cuando nos animamos a cantar con ella, puedo jurarles que nace el mejor de los dúos y es allí, en ese punto, donde la melodía se vuelve absolutamente magistral.

lunes, 4 de junio de 2012

SALDANDO DEUDAS



Prometo hacer lo posible aunque, esta vez, la tarea se haya puesto verdaderamente difícil. -“Técnica: retrato”- dijo la profe y no dudé en describirlo a él. Quizás porque, más allá de la poca objetividad de la que me haré cargo desde estas primeras líneas, él es, de los seres humanos que forman parte de mi vida, el más importante. Tal vez porque la mayoría de mis emociones comienzan y terminan en él. O simplemente, porque la cotidianeidad de la rutina compartida me ayude a conocerlo casi tanto como a mi misma. Por todo esto y porque le adeudo algún escrito, es que me aventuro al intento de retratarlo en palabras.

Puedo comenzar diciendo que es verdaderamente alto, tanto, que yo, que también lo soy, tengo que mirar hacia arriba si quiero alcanzar sus ojos. Y aquí voy a detenerme. En sus ojos. Porque sus ojos merecen un apartado extra. Y no tanto por su aspecto, ciertamente bello, sino por todo lo que transmiten, aún sin proponérselo. Son ligeramente rasgados a riesgo de desaparecer cuando sonríe. Su color puede variar, según el clima lo decida, de un miel que empalaga a un verde en el que me pierdo. Y su mirada dice tanto, ¡que podría jurar que esos ojos hablan!

Su cabello, que ha virado con los años de un dorado sol a un castaño mediano, va pagando impasible, cada una de las cuotas que la adolescencia le impone. Así es que, lo que hoy puede lucir como una cresta imponente a fuerza de gel, mañana puede convertirse, sin solución de continuidad, en un rapado mínimo a cambio de una victoria de “su” River.

Su nariz, orejas y boca mantienen un orden coherente con el resto de su rostro, que luce por estos tiempos casi como el de un hombre. Lo delata esa barbilla que comienza a dibujar, con cierta timidez, una leve sombra en sus mejillas y mentón. Pero cuando sonríe, el niño que aún sobrevive a la vorágine de hormonas, asoma radiante por entre sus dientes. Dientes estoicos, que se han sabido abrir paso entre ventanitas de Ratón Pérez y montañas de caramelos. Los mismos que hoy dibujan sonrisas de esas capaces de justificarlo todo.

Su voz , que se torna cada vez más grave, suele hacerse cómplice de su guitarra. Y no hay entonces, silencio que se les resista. ¡Aún el más profundo de ellos pierde la batalla contra sus cuerdas!

Su look puede variar de formal a informal de acuerdo a la ocasión sin mayores conflictos, aunque la camiseta con la banda roja, que atraviesa tela y piel y le tiñe el corazón, sea casi su uniforme.

Tiene manos y pies grandes, acordes a su estructura, y unos brazos dispuestos al abrazo siempre. Es inquieto y divertido. Sincero hasta los huesos. Sensible y muy amigo de sus amigos. Extrovertido y bohemio (irremediablemente condenado por sus genes).

Dudo que estos pocos párrafos alcancen para describirlo. Facundo es, indudablemente, mucho más de lo que estas líneas pueden expresar. No lo lograría, aún cuando un batallón de musas me asistiera. Solo puedo resumir diciendo que, desde hace diecisiete años, desde aquel junio frío de 1995, no hay persona ni personaje en el universo que pueda enseñarme más sobre el amor que mi hijo. Vaya entonces, para él, el escrito que le debía.

domingo, 3 de junio de 2012

NOS TOCABA CRECER ¡Y CRECIMOS!


Tal vez porque nuestra chalina azul y nuestra pollera, larga por obligación, no estén tan arrugadas todavía. O porque el agudo timbre del recreo tiene el mismo sonido a libertad de aquellos años. O porque cada rincón de nuestra escuela-rancho, devenida hoy en moderna estructura edilicia, guarde en sus cimientos todos nuestros secretos adolescentes.

Quizás porque a nuestras risas no les afectó la celulitis, ni las arrugas, ni los dolores; siguen teniendo, cuando suenan a coro, la misma frescura de nuestros diecisiete. O porque la Pacha, la Turano o Pivato no cumplan años en nuestro recuerdo, venciendo toda ley del paso de los años. O porque ningún níspero que hayamos vuelto a comer superó el sabor de aquellos robados al árbol del cole.

Por supuesto ya no somos las que fuimos. Sumamos décadas, construimos familias, parimos hijos, profesiones, éxitos y fracasos. Superamos decepciones. Tocamos, en ocasiones, el cielo con las manos y el fondo del pozo otras tantas veces. Nos caímos y levantamos más de lo que creímos poder. Besamos demasiados sapos esperando que se conviertan en príncipes. Llenamos nuestros álbumes de fotos. Perdimos pilares en el camino, a los que resguardamos en retratos y en el alma. Resumiendo: ¡CRECIMOS!

Y aprendimos que ganar el mango no es fácil, pero que el dinero es lo último que nos hace ricas. Que nuestros viejos se vuelven más sabios en el preciso instante en que nos volvemos más idiotas para nuestros hijos. Que las asignaturas pendientes empiezan a doler más que las canas y que el tiempo apura cuando una se acerca a los cuarenta. Aprendimos también que nada es para siempre. Que las perdices de los finales de cuentos eran solo eso, puro cuento. Que, como en los grupos de autoayuda, todo es SOLO POR HOY y día a día y que depende pura y exclusivamente de nosotras. Que los afectos que creímos inmortales, se nos mueren aunque los necesitemos más que nunca. Que nuestros hijos, esos que se llevaron la turgencia de nuestros pechos, nuestras mejores horas de sueños y tantos de nuestros minutos, crecen y se nos alejan. Simplemente porque así debe ser y porque así queremos que sea. Que nuestros hombres, a quienes regalamos y de quienes recibimos promesas de amor eterno, pueden levantarse un día y no elegirnos, o ser nosotras quienes no los elijamos…

Es aquí, en esta mitad de camino, en donde tanto nos parecemos a aquellas que fuimos… tan indefensas de a ratos y tan valientes siempre que haga falta. Tan sensibles y tan fuertes según la ocasión. ¡Tan necesitadas de ese abrazo que solo las amigas del alma pueden regalarnos!

Como verán, mi sueño de artista no murió. Tal vez fue mutando con el paso del tiempo. Las tablas que alguna vez imaginé pisar fueron reemplazadas por mi sillón preferido y los acordes de mi hijo en su guitarra. Los aplausos entonces me los regalan aquellos amigos a quiénes aturdimos. Ningún otro escenario me habría llenado tanto el alma, ¡se los aseguro!

Y aquel best seller que pretendí escribir, se redujo a estas líneas que me permiten desahogar tantas emociones cada vez que urge. Hoy son para ustedes. Hoy tenían que ser para ustedes. Las mejores lectoras que pueda elegir. Las que me conocen casi como yo misma aún cuando pasemos años sin vernos. Las que tatuaron por siempre en mi mente y en mi corazón recuerdos de esos que te sostienen aún cuando no hay de donde agarrarse. Las que permiten que aquel 5to Mercantil, promoción 1986 se haya suspendido en el tiempo y conserve intacta nuestra esencia de niñas…

VOLVER A LOS DIECISIETE...

Quién hubiera dicho que, a mis 43 marzos, yo volvería a ser alumna, que iba a recorrer una vez más los pasillos de esta institución en calidad de estudiante. Ni yo lo imaginaba, o sí, el caso es que aquí estoy, animándome a diario a este déjà vu, al transitar este espacio como alguna vez lo hice. Hoy, sin el uniforme que sellaba mi rol de estudiante y con más arrugas, menos ruidosa y más cauta, con la ventaja que dan los años de mirar todo desde otra perspectiva; pero con la misma avidez de conocimientos de aquellos tiempos. Sin embargo, hay algo que se vuelve inevitable cada vez que cruzo la puerta del cole: que me invadan las imágenes de aquel espacio donde transcurrió gran parte de mi infancia y adolescencia.
Para darles una primera impresión de cómo lucía el colegio por aquellos tiempos, basta con mencionar que lo llamaban: “El gran Chaparral”. Allí donde hoy se levanta un imponente gimnasio, provisto de tribunas y ventanales majestuosos, se erguía un endeble tinglado de chapas, que se me ocurría dispuesto a volar con la más leve de las tormentas… dicho esto debo aclarar que, más allá de mi fantasía sobre él, sobrevivió estoicamente a todos y cada uno de los temporales , a los soles más radiantes y, lo que no es poco, a millones de travesuras, sabiendo albergar así, interminables horas de gimnasia, maravillosos recreos, centenares de “manchas y escondidas” y no menos cantidad de actos patrios. Evidentemente, lo de endeble no era más que una visión netamente inocente que yo tenía de aquella estructura.

Las aulas eran, en su mayoría, vagones de trenes en desuso, lo que convertía aquellos salones en una novedad absoluta. No había entre mis amigos, que asistían a otros establecimientos, ninguno que tuviera clases dentro de un viejo vagón. El privilegio de sentirse exclusivo cuando uno es niño no se compara con nada. Las aulas que, en cambio, habían trascendido la categoría de vagón, tenían paredes frágiles en aspecto, construidas con una especie de cartón prensado, difícil de imaginar en estos tiempos. Y sus pisos de madera, que soportaban a diario nuestras embestidas, solían contar con algunos tablones menos al término de cada año.

La galería se alzaba colmada de árboles, en su mayoría de copas verdes aunque no faltaban los que teñían los recreos de violeta o celeste y de perfumes que aún permanecen en mi memoria. Y había uno que sobresalía imponente entre la gran arboleda. El se sabía rey entre nosotros y entre sus pares, ¡y se erguía como tal! Ningún intento de violeta estridente o de perfume a azahares pudo jamás con la magia del árbol de nísperos. Porque más allá de cualquier color o fragancia, él contaba con un tesoro que ninguna de las otras plantaciones podía proveernos: ¡tenía frutos! Frutos que nos invitaban en cada recreo a la maravillosa aventura de hacernos del más grande o el más carnoso. Frutos de los cuales poco nos importaba el gusto o el olor, porque rara vez los comíamos; el verdadero sabor era la sana competencia que llenaba esos ratitos en que el timbre tenía sonido a libertad absoluta. Ningún níspero que podamos haber comido en la adultez superó el sabor de aquellos robados al árbol del cole (en lo personal, confieso que nunca he vuelto a probar uno).

Puedo recordar también nuestro improvisado “buffet”: un kiosquito pequeño, ubicado donde hoy está la parroquia, que no era más que una habitación diminuta en la que podíamos encontrar el más preciado manjar de un recreo: ¡PANCHOS! Tampoco forman parte de mi dieta habitual, reducida en su mayoría a ensaladas a fuerza de evitar calorías, pero debo reconocer que en aquel contexto, ¡sabían de maravillas! A su lado, estaban los baños, que apenas contaban con letrinas. Más tarde, cuando finalmente tuvimos inodoros, ¡sentimos que habíamos alcanzado el primer mundo!

Y la casa de Teresa (por aquel entonces, la casera del colegio). Ahh… la inolvidable casa de Teresa, inundada siempre de un incomparable perfume a matecocido recién hecho que convertía nuestras mañanas frías en fiestas absolutas de pan y tazas humeando.

Por último, la entrada (y curiosamente debería haber empezado por aquí), con un Sagrado Corazón de casi dos metros, de colores brillantes y con sus brazos abiertos, como regalándonos siempre un abrazo de bienvenida. Hoy, la entrada se impone en otra ubicación, con letras por demás elegantes y rejas prolijamente dispuestas. Y el Cristo se vistió de blanco en aquel rinconcito que alguna vez fue nuestra puerta al saber.

Sin dudas, la escuela ha cambiado notoriamente con los años… O me corrijo, el edificio ha cambiado, pero cada día cuando entro, se los aseguro, puedo sentir aquel perfume a nísperos y azahares y la niña que fui, vuelve a vivir, en ese abrazo de bienvenida.





sábado, 2 de junio de 2012

CON PERMISO DEL SEÑOR NERUDA, MI AUTORRETRATO


Puestos a describir
podría decir que soy:
alta de centímetros y de frente
casi oriental de ojos y
fácil de carcajadas.
Ancha de caderas, más de lo que quisiera, 
renegada de ejercicios y gimnasios.
Aborrecida de números 
y amante de la poesía. 
Desvelada por Cortázar y Quiroga,
aturdida, felizmente, por Sabina.
Melancólica incurable. 
Bohemia de vocación.
Rubia, de mentira y por elección,
morocha de alma.
Inconstante por defecto,
obstinada hasta el hartazgo,
caprichosa de metas y de utopías.
Practicante de escritora. 
Fóbica a los insectos. 
Verborrágica e inquieta.
Dura si es necesario,
blanda por naturaleza.
Muy ambigua por pisiciana.
Gallina por futbolera... y por valiente!
Matera por tan argenta.
Fumadora a pesar mío.
Cinéfila por culpa de Woody.
Cantante de duchas y de reuniones. 
Payasa por hobby y como escudo.
Femenina si hace falta, 
rea cuando me dejan.
Elegante y de tacos para eventos,
feliz en pantuflas y pijamas. 
Orgullosa y fascinada por mi hijo,
bendecida de familia,
afortunada de amigos. 
Enamorada del mar y de la luna,
soñadora aún despierta, 
duermevela sin remedio. 
Responsable de tareas y de empleo,
ordenada en el hogar y de conductas, 
desordenada de amores. 
Humana, por escencia y por mis genes, 
mariposa, si me toca reencarnar. 

PALABRAS COMO ALAS

A falta de musas para ponerle nombre propio a este espacio acudí a otra de mis grandes pasiones, el cine. "La escafandra y la mariposa" es de esas películas que tienen el poder de tatuarnos el alma. Jean-Dominique Bauby  , carismático redactor de la revista francesa Elle, joven y exitoso, sufrió una embolia masiva allá por el año 1995. Cuando salió del coma, veinte días más tarde, su cuerpo quedó absolutamente paralizado, víctima del llamado "síndrome de cautiverio", a excepción de su ojo izquierdo. Mentalmente funcional pero incapaz de moverse, respirar o alimentarse sin asistencia, se vio obligado a entablar comunicación con el exterior únicamente a través del parpadeo. Forzado a adaptarse a esta mínima perspectiva creó un nuevo mundo a partir de lo único intacto en su inmóvil cuerpo: la imaginación y la memoria. Es así que, con la ayuda de una asistente incondicional y valiéndose de un código de deletreo logró plasmar su imaginario vuelo en  la maravillosa novela que dio, después de su muerte, título a su película... y hoy a mi blog.

Allí están las palabras entonces, ensayando su vuelo. Intentando burlar la escafandra. Las espontáneas, esas que casi no piden permiso y se redactan solas. Las tímidas, imaginando el filtro de futuros lectores. Las repetidas, que amenazan con volverse aburridas y las nuevas, que prometen frescura e impacto a mis textos. Las dulces y las ácidas, las tiernas y las severas. Las que se susurran y las que se gritan. Todas y cada una de ellas, encerradas en mi mente con su  potencial intacto, pujando por convertirse en mariposas. Y como cualquier vuelo, compartido se disfruta más. Los invito entonces a volar conmigo, o a asistir al menos, al intenso desafío de ganarle a la escafandra.

Bienvenidos a este refugio virtual, muy mío pero imposible sin ustedes.